Marcho, que teño que marchar


Cada vez que mi abuela quería despedirse de una reunión familiar (y eran pocas las veces) miraba para mi abuelo y le decía aquello de: «Manolo, haberá que ir pensando en poñer a chaqueta». Qué elegancia en la forma y qué manera tan esencialmente gallega de romper la situación sin la brusquedad de un adiós simplificador, sin un imperativo duro como un «vamos». Esa despedida tan poco concreta y tan precisa al tiempo nos pone inevitablemente una sonrisa. Es el «hasta luego» más nuestro, el redoble de tambor, la pirueta estilística para una acción tan dura como la partida. Hay que saber marcharse de los sitios y saber irse bien; y en eso los gallegos somos expertos, porque exigimos enseguida un gerundio antes que cualquier otra forma expresiva para que la cosa no se acabe nunca. «E ti como andas?», nos preguntan. «Indo», respondemos, en esa continuidad que nos hace eternos y nos evita reflejarnos en un final abrupto de un «bien» o un «mal». Qué sencillo sería así y qué insulso. Los gallegos queremos un punto más, por eso saber que alguno de nosotros escoge para su esquela un lema como «Marcho, que teño que marchar» nos ha descubierto otro modo mucho más auténtico de leernos en la muerte. Con el humor propio, la retranca común de compartirnos también en lo lingüístico. Fuera de aquí, nadie sería capaz de comprender el significado enorme de una frase tan gallega y el sentido genial que le ha puesto este hombre a su vida. Quien se muere con retranca se ha tomado seguro la vida con humor. Y aunque hay ejemplos de epitafios divertidos («Estos días se me están haciendo eternos»; «Esta postura me está matando», «Perdone que no me levante»...), nada iguala a la retranca de Rafael. Para morirse de risa.

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