El mesías, el «catexit», el meigallo y las encuestas


La carrera hacia el 21D acaba de comenzar, pero alguno de sus protagonistas ya da síntomas de agotamiento. Es el caso del expresidente fugado en Bélgica, cada vez más alejado de la realidad. Mientras Junqueras ora y espera, Puigdemont predica, pero predica en el desierto de la televisión pública israelí. Y lo hace para -sorpresa, sorpresa- alinearse con Le Pen en la crítica furibunda a la «decadente» Unión Europea y proponer un «catexit».

Las encuestas no bendicen esa aventura mesiánica llamada Junts per Catalunya. Dicen que su polémica lista, creada con los recursos del maltrecho PDECat, puede aspirar a la tercera plaza, pero no arrebatar el liderazgo a ERC. Y, lo que es más relevante, que no aportará los votos suficientes para que los independentistas obtengan la mayoría absoluta tras la cita con las urnas. En política la división no perdona. Tarde o temprano, siempre pasa factura. Y en el caso catalán abre la puerta a que se produzcan terremotos políticos.

Ahora mismo los sondeos dicen que hay dos bloques muy igualados, con ligera ventaja para los secesionistas. Ese pronóstico abre la puerta a que la campaña electoral sea más decisiva que en otras ocasiones. ¿Las razones? Que hay varios partidos compitiendo por los mismos escaños, que se espere una participación muy alta y que probablemente van a aflorar nuevas bolsas de votantes tradicionalmente abstencionistas. Es en este escenario donde se vive una fuerte disputa por la segunda plaza. Esa que las encuestas atribuyen a Ciudadanos y que erigen a Inés Arrimadas como lideresa de una supuesta alternativa en clara competencia con el candidato del ascendente PSC, formación que se ha reforzado con fichajes externos y de variado perfil (desde nacionalistas moderados hasta líderes de la unionista Sociedad Civil Catalana) para intentar ocupar un espacio central en el nuevo mapa político catalán que surja el 21D.

Vuelan los puñales entre naranjas y socialistas. Los primeros librarán una cuádruple batalla el 21D. La más obvia, contra los independentistas; la más enconada, contra los de Iceta; la más simbólica y trascendente a largo plazo, contra el PP; y, la que más duele, la del meigallo que señala su propia historia de expectativas defraudadas.

Los naranjas quieren que no se repita aquello de llegamos como nunca y nos desinflamos como siempre. No puede decir lo mismo la coalición de los Comunes de Ada Colau y la filial catalana de Podemos, gran víctima -por deméritos propios- del procés. Ya llegan mal y, aunque a la postre puedan ser decisivos, nadie les augura un gran resultado. No son buenos tiempos para la equidistancia. Y no está la política catalana para fórmulas atrapalotodo. 

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