¡Todos fuera! ¡Y Cataluña será grande!


Recordé una célebre frase de mi querido y admirado Félix Ovejero («En España todos somos mestizos de pura cepa») al saber que Núria de Gispert, política nacionalista de larga trayectoria, se había despachado como una verdulera frente a Inés Arrimadas cuando la líder catalana de Ciudadanos manifestó que su Comunidad no podría soportar otros cuatro años de procés. Ese gracias al cual, por cierto, se ha quedado Barcelona y, con ella, Cataluña y toda España, sin la Agencia Europea del Medicamento, que la UE ha preferido situar, como era de temer, en un lugar al que llegan las empresas en lugar de uno del que se van en desbandada.

De Gispert (diputada durante más de una década en el parlamento catalán, que presidió de 2010 a 2015, y varias veces consejera de la Generalitat) se molesta mucho al parecer cuando alguien opina libremente en la que considera la finca de los suyos (Cataluña). Por eso, recomendó a Arrimadas de inmediato que se fuera. «Doncs, perquè no tornes a Cádiz?» («Entonces, ¿por qué no vuelves a Cádiz?»): tal fue el consejo, generoso y ejemplar donde los haya, que en su cuenta de Twitter le dio a la dirigente de C’s (gaditana de nacimiento) la política democratacristiana, que, si hemos de fiarnos de su forma de actuar, no tiene nada de demócrata, ni mucho de cristiana, al menos en lo atinente al respeto al segundo mandamiento, que ordena «amar al prójimo como a ti mismo». De hecho, De Gispert ya había aconsejado lo propio a Carme Chacón, llorada colega y amiga, a quien recomendó marcharse aun más lejos (a Miami), no se sabe si porque de allí venía entonces la dirigente socialista o porque su supuesta ofensa a Cataluña merecía un destierro más lejano.

En realidad, si esa forma de razonar (¡es un decir!) fuera algo excepcional, la cuestión tendría escasa relevancia, pues sectarios y xenófobos los hay en todas partes. Lo malo del asunto es que ese sectarismo y xenofobia, expresión de lo que hoy se ha dado en llamar supremacismo (la tan gratuita como necia convicción de que la tribu a la que uno pertenece es superior a todas las demás) está inscrito en el código genético de los nacionalismos, que no serían tales sin odiar o despreciar a los de fuera.

Los secesionistas, siguiendo lo que podríamos llamar la ley de jibarización de De Gispert, podrían comenzar recomendando la marcha a todos los que no han nacido en las provincias catalanas, e incluso a los que dentro de ese grupo carezcan de seis apellidos catalanes. Luego podrían señalarle el camino a los catalanes de pura cepa no catalanistas y más tarde a los no independentistas. Al cabo les tocaría la vez a los traidores (tipo Santi Vila) decapitados fotográficamente siguiendo las mejores costumbres del estalinismo. Y así, en Cataluña, como en una distopía orwelliana, todos serían, ¡por fin!, iguales a sí mismos.

Hubo una época en que se definía como catalanes a todos los que vivían y trabajaban en Cataluña. Pero esos, claro, eran otros tiempos.

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