La loca campaña electoral

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Para entender la dimensión del sainete en el que se ha convertido la política catalana, conviene ponerse en situación. Por Bruselas deambula desde hace dos semanas, como si fuera un Napoleón en la isla de Elba, un señor llamado Puigdemont que ha declarado la independencia de Cataluña no una, sino dos veces, y que se hace llamar presidente de la república catalana por todo aquel que lo visita o entrevista. Pues bien, para pasmo de sus propios seguidores, este señor se descolgó ayer diciendo que «otra solución que no sea la independencia es posible». Es decir, que no solo admite que no existe la república catalana que dice presidir, sino que ni siquiera aspira a la independencia que ha proclamado ya dos veces. El suyo es solo un capítulo más de un esperpento que incluye chistes como el de que la CUP, que lleva días manteniendo en público la ficción de que Cataluña es ya una república independiente, decida por abrumadora mayoría participar en unas elecciones autonómicas convocadas por el Gobierno español, aunque, eso sí, las considera «ilegítimas». Y también se presentará a esos comicios autonómicos ERC, uno de cuyos portavoces en el Congreso, Gabriel Rufián, dijo hace solo doce días que participar en unas elecciones convocadas por el Gobierno español sería «una traición al pueblo de Cataluña».

En esas condiciones, uno empieza a compadecer a los partidarios de la independencia, que una mañana se despiertan convencidos de que viven en una república y al día siguiente les toca ir a renovar el DNI, que habían quemado en pleno subidón, para poder votar en las autonómicas. Y si en el independentismo pata negra impera el caos, tampoco lo tienen mejor en el mediopensionista, representado por una Ada Colau, reina del sí pero no y con más disfraces que Mortadelo, y por un Pablo Iglesias en caída libre que un día llama a boicotear el referendo independentista y al siguiente se descuelga con un «¡Visca Catalunya lliure i sobirana!». Pero, al paso que van, también van a necesitar una brújula los votantes socialistas de un Miquel Iceta que después de gritarle a Pedro Sánchez que nos libre -«¡por Dios!»- de Rajoy, como si fuera Belcebú, se hace selfies con Albiol. Y que lo mismo sostiene con sus votos a la alcaldesa Ada Colau, convirtiéndose así en cómplice de la demolición económica de Barcelona, que ficha para su lista electoral a un nacionalista demócrata cristiano, a una comunista del PSUC y a un exeurodiputado de Podemos. No va más. Transversalidad se llama la cosa. Con semejante tropa de políticos de opereta, conviene no hacerse demasiadas ilusiones sobre el futuro que le aguarda a Cataluña después del 21-D. La buena noticia es que, ocurra lo que ocurra, el delirio de la república catalana independiente está acabado. Pero ni Colau ni Iceta son los que van a ayudar a restaurar la cordura constitucional. O mucho cambian las cosas, o la duda se limita a saber cuál de los dos acabará dándole a un independentismo en decadencia los votos que le faltan para volver a gobernar.

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