Cuando Iglesias confunde a España con Venezuela

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Lo que está ocurriendo en Cataluña tiene lo que se llama una víctima colateral: el lenguaje político, que afecta a la credibilidad del sistema democrático. A falta de argumentos serios para responder a las actuaciones del Gobierno y a las decisiones de los jueces, muchos representantes populares se han lanzado por la senda del populismo verbal más injustificado, fácil y agreste. Parece una competición a ver quién dice más sandeces, quién tiene menos ingenio y quién más ha perdido los papeles en el debate político.

Bastan unos pequeños ejemplos. La palabra «fascista» se reparte a voleo. La calificación de franquista se hizo ritual en el discurso catalán. Los términos opresión y represión sirven para definir elementales actuaciones de la policía y la Guardia Civil. Se acusa con frivolidad inaudita de pisoteo de los derechos humanos. Se considera dictatorial al régimen. A la Justicia se la trata como una mayordomía del Gobierno. A dirigentes investigados y presos por presuntos delitos tipificados en el Código Penal se les llama «presos políticos», y así reza en una pancarta colocada en la fachada del Ayuntamiento de Barcelona.

A la cabeza de ese discurso ramplón y falso se sitúan personajes que no militan en el independentismo, pero que se han convertido en sus ayudas de cámara: Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, y Pablo Iglesias, secretario general de Podemos. Sus intervenciones después de enviar a la cárcel a exgobernantes de Cataluña son antológicas. La señora Colau se permitió acusar al auto judicial de «espíritu de revancha» que busca «humillar a las instituciones catalanas». Y el señor Iglesias confunde a España con Venezuela, pero dice de nuestro país lo que nunca dijo del régimen de Maduro: «Me avergüenza que en mi país se encarcele a opositores». Dan ganas de preguntarle: ¿hay alguien que haga más oposición que usted, señor Iglesias, alguien que cada día se dedique más a destruir al Gobierno, al régimen y al jefe del Estado? ¿Y algún fiscal se ha querellado contra usted? ¿Alguien le ha pedido siquiera que deje de acosar o insultar?

Lo malo de estas actitudes es que tienen eco internacional, con lo cual contribuyen al desprestigio del país ante otros Gobiernos y en otras opiniones públicas. Y lo peor es que tienen seguidores (Iglesias, cinco millones de votantes) que les creen, incorporan su discurso a su cultura política y se convierten en altavoces de sus tropelías. Esa es la cara más negativa del populismo. Lo menos que se puede pedir a gente tan documentada es que respeten la verdad o construyan argumentos de mayor solidez. Es lo mínimo que se puede reclamar a quien anda por el mundo dando lecciones de sabiduría política y con currículo de profesor.

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