Rajoy se adelanta con otra jugada maestra


El que no decidía nada, ni hacía política, dejó atrás a todos los esprínteres, y con una audacia que nadie se esperaba, en solo dos horas, cambió radicalmente la realidad catalana. La convocatoria de elecciones para el 21-D es una jugada maestra, aunque de mucho riesgo. Y, aunque yo pienso que tanto riesgo no era necesario, no descarto su gran éxito, ni puedo negar la enorme simpatía que me produce este adelantamiento -al viejo estilo Alonso-, que dejó con un palmo de narices a todos los que quisieron darle lecciones al mejor de los maestros.

Lo más urgente -y ya está hecho- era cesar a la Generalitat y eliminar sus tentáculos, advertirles que firmar será un delito, y ocupar, paseniño, los espacios del poder. No es urgente, en cambio, detener a nadie, ni izar a toda prisa las banderas arriadas. No descuidemos lo sustantivo para atender lo simbólico.

Ya hemos cometido el error de encargarle el problema a jueces y fiscales, que tocaron mucho el pito pero no pararon ningún gol. Ya nos hemos equivocado activando muy tarde el 155, cuando hace seis meses que la proclamación de una república bananera era la historia de una trapallada anunciada. Ya hemos soportado años de postureo -mediático y político- dedicados a pulir a Rajoy con la lija del procés.

Hemos convertido en comunicación y estrategia -a base de omisión y cobardía- lo que solo era apuñalar por la espalda a una democracia abierta y tolerante.

Y hemos jaleado a los que, en medio del dantesco espectáculo del jueves, querían salvarle la cara a Puigdemont, y, con la ayuda del leal Urkullu, que siempre va a lo suy(u), dejar a Rajoy colgado de la brocha.

Así que ahora, cuando la realidad nos puso bajo la protección de San CLV (San 155, en números romanos), no cometamos errores gratuitos.

No tratemos el 155 como una norma apestada; dejémoslo engrasado para el futuro, y hablemos de nuestra Constitución como hablan Merkel y Macrón. No nos liemos ahora con los matices de la aplicación, y atrevámonos a enfrentar las críticas fuleras de los gallitos desleales.

No nos metamos en reformas de largo recorrido. No persigamos a los diputados que no se llamen Forcadell.

No magnifiquemos a los Jordis que no tienen deberes institucionales. No nos aliemos con rancias estéticas españolistas.

Y no abramos más frentes de los que tengamos que abrir. Porque lo que nos trajo hasta aquí no fueron ni las calles, ni la CUP, sino un gobierno insurrecto que, usando el poder del Estado, nos puso al borde del abismo.

Y eso se resuelve quitándoles el poder. Y -aunque la convocatoria de elecciones nos privó de muchas opciones y nos dejó a merced de un resultado bastante incierto- debemos cuidarnos de darle al enfermo un alta prematura.

Poco a poco iremos viendo que, sin poder, son unos monigotes obsesivos. Y que, sin alguien que surta combustible, no hay hoguera que arda.

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