El nacionalismo guerracivilista


Ni siquiera el desvarío en que el secesionismo lleva meses instalado puede impedirle ver la realidad a Puigdemont y a la tropa que le ha ayudado a engañar a cientos de miles de personas en su viaje hacia el abismo. Porque la verdad es de una evidencia apabullante: la declaración de independencia que ayer perpetró el nacionalismo en el parlamento catalán con desvergonzada cobardía (¡votando en secreto!) no tiene posibilidad alguna de triunfo.

Ni la reacción del Estado - que ha destituido de inmediato al Gobierno sedicioso y disuelto el parlamento que culminó la delirante mascarada- ni la de la comunidad internacional -ninguno de cuyos miembros reconocerá como un acto legítimo la traición de los nacionalistas-, dejan el más mínimo resquicio a los rebeldes, a quienes solo espera ya el banquillo del tribunal que los juzgará por los delitos de lesa patria que con plena conciencia han cometido.

Pero la atroz responsabilidad en que han incurrido Puigdemont y sus compinches va mucho más allá de la que ante un tribunal penal puede depurarse. Dicho con la claridad que resulta hoy indispensable: Puigdemont y sus compinches son los culpables de que ayer, de golpe (¡nunca mejor dicho!) y porrazo, España retrocediera casi un siglo: al guerracivilismo que creíamos clausurado para siempre a cal y canto.

El nacionalismo catalán nos ha obligado a retornar, con un egoísmo histórico solo comparable a su irresponsabilidad descomunal, a la España de los años treinta: la de la discordia civil entres compatriotas, entre amigos y entre hermanos; la de la burla a la democracia como forma usual de hacer política; y la del necesario uso de la fuerza del Estado para asegurar el cumplimiento de las leyes, ese que distingue a una sociedad de bárbaros de una sociedad civilizada.

Más allá de la retórica de guardarropía de su megalómana declaración de independencia, Carles Puigdemont y sus compinches saben bien que solo tienen una remotísima posibilidad de zafarse de la responsabilidad penal que les aguarda: convertir su rebelión institucional en una insurrección popular, en la que los catalanes independentistas serían la carne de cañón de la reaccionaria alucinación de unos políticos infames. Lo saben y a eso jugarán: a incendiar las calles de Cataluña para salvar su cara y sobre todo su pellejo.

Por eso hay que estar preparados para lo que probablemente nos aguarda. El peor chantaje imaginable: el que colocará al Estado español en la disyuntiva de escoger entre tolerar la secesión de Cataluña por las buenas o impedirla por las malas. No tengo duda alguna de lo que, puestos ante tal dilema, elegirían los ciudadanos de los países europeos que han debido pagar con sangre, sudor y lágrimas la defensa de sus respectivos Estados de derecho. Confiemos en que los españoles sepamos estar a la altura del gravísimo momento que vivimos.

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