Una gamberrada capaz de destruir el país


Un comentarista de radio definió lo ocurrido en Cataluña como «una gamberrada». Yo también tuve esa impresión en algún momento y hasta creo recordar que lo he escrito. Hubo detalles gamberros como hacer trampas a ver si el Gobierno y los tribunales no se enteraban, jugar al escondite con las intenciones o colocar el cartel de «inocente» en la espalda de Rajoy cuando convocaban referendos. Lo que ocurre es que los artistas terminaron creyendo su representación y cuantas más gamberradas hacían, más les gustaba elevar el nivel, hasta convertirlo en meta política. Así se pasó de la gamberrada a la rebeldía. Ayer se consumó.

Ocurre también que el proyecto soberanista estaba muy elaborado, a pesar de las apariencias. El hoy denostado Jordi Pujol creó estructuras de Estado. John H. Elliott acaba de revelar que fue en la etapa Pujol cuando se empezó a falsear la historia. Al mismo tiempo se empezó a adoctrinar en la escuela. Cuando la masa independentista tenía suficiente peso, se pusieron en práctica «las tres e», épica, ética y escenificación. Épica de lucha contra el opresor, para darle grandeza a la reclamación de soberanía. Ética, para construir un relato de derechos civiles pisoteados por el Estado, como el de votar. Y escenificación, a base de grandes manifestaciones, movimientos de masas e inundación de esteladas.

El fruto de esa calculada estrategia ha sido la aparición de tres grupos de independentistas: los antisistema, jóvenes preparados y de familias acomodadas, que no pueden mantener el bienestar que les dieron sus padres; los «indepes» tradicionales, herederos de una cultura familiar, y los de «nueva hornada», que creyeron lo que se les dice: que todos los males de Cataluña proceden de la aversión del resto de España y del abandono del Gobierno y del Estado. Estos últimos son los que hicieron subir el porcentaje de separatistas del 20 al 48 % . Lo terrible, con óptica española, es que ese 48 % puede seguir subiendo.

Y ahí está el desafío de Rajoy una vez que dio el paso de aplicar el 155, disolver el Parlamento catalán porque la intervención podría ser ilegal y acortar la vigencia del 155 al brevísimo plazo de 53 días. O gana público entre los recién llegados, o todo lo hecho ayer puede terminar mal. Puede desembocar en que los partidarios de la república proclamada con indecencia legal y desparpajo parlamentario voten en unas elecciones marcadas por el síndrome de la intervención y superen el 50 % del censo. En ese momento no habrá Europa que proteja la unidad. Lo que venimos anotando: la independencia proclamada es inútil, pero el 155 y sus medidas deben seducir. De lo contrario, la gamberrada podría ser la destrucción del país.

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