Contra el golpismo, democracia


Nunca pensé que llegaría a vivir algo que pensaba que solo conocería por los libros de historia. Pero la irracionalidad del ser humano puede llevarle no solo a cometer las mayores atrocidades, sino, lo que es aún peor, a repetirlas con pleno conocimiento. Los independentistas volvieron ayer sobre sus pasos, 83 años después, para volver a despeñar por el precipicio a una comunidad, a una sociedad que hasta hace unos pocos años era un ejemplo de modernidad, pluralismo y progreso. Nada de eso queda hoy. Primero la hundieron en un atroz aldeanismo al encerrarse sobre sí misma y aislarse progresivamente del exterior. Las campañas contra el turismo son un buen ejemplo. Después impusieron una visión única de lo que es un buen catalán, condenando al infierno de los traidores a quienes no piensan como ellos. Un totalitarismo social que han convertido en totalitarismo político al pisotear la legalidad y a la oposición. Han reducido el Parlamento a un juguete al servicio de una idea única. Nada más antidemocrático. Nada más dañino para las instituciones. Nada más trágico para una sociedad a la que intentan arrebatarle el futuro y a la que ya han condenado al desgarro.

Hace 40 años votamos con la ilusión recobrada después de 40 años de dictadura. Aquella inmensa alegría ha tornado 40 años después en una tristeza infinita por culpa de unos cuantos fanáticos que intentan robarnos lo que somos. Pero su golpe de Estado fracasará como fracasó el 23F, derrotados ambos con las armas de la democracia. Y ninguna más contundente que devolver la voz al pueblo en un ambiente de normalidad y legalidad plena. Por ello, como hace 40 años, las urnas nos devolverán la luz que ayer apagaron quienes intentaban sumirnos en la oscuridad. Frente a los argumentos torticeros de los sediciosos, y los tontos útiles que los han acompañado, el frente constitucionalista se ha limitado a hacer todo lo necesario para volver a la legalidad que ellos, y solo ellos, han destrozado.

Pero no ha sido solo un intento de golpe de estado. Ha sido, también, el mayor ataque a la convivencia que han sufrido Cataluña y España en todos estos años. Y hay responsables concretos. Y deben pagar por ello. Aunque se escondan tras el anonimato cobarde de una votación secreta. Sin perdón, porque lo han hecho con alevosía y conciencia plena de la enorme herida que nos estaban infligiendo a todos. Sin excusas, porque no hay argumento político que los ampare ni justifique más allá de su habitual recurso a la manipulación, tergiversación y falseamiento de la realidad. Porque no tienen razón alguna y nadie en el mundo se la va a dar. Por eso, la declaración de independencia es solo un brindis al sol que solo servirá para la alegría momentánea de sus promotores y el dolor de todos los demás. Y las lágrimas falsas de quienes irresponsablemente les han acompañado en un viaje a ninguna parte y ahora intentan hacerse los sorprendidos ante algo que sabíamos todos, menos los cínicos.

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