A Puigdemont no le gusta su medicina


Fueron unos minutos, apenas dos horas. Un suspiro en el que Puigdemont probó de su propia medicina y descubrió que no le gustaba. No debe de ser placentero consagrar una vida a impulsar la revolución de las sonrisas y que, a la hora de la verdad, los de la sonrisa se giren hacia ti, se quiten la careta y te llamen traidor. Por cierto, es encomiable la ductilidad de los patriotas: la pancarta «Puigdemont traidor» tardó cinco minutos en salir de la imprenta.

De lo ocurrido ayer solo hay dos evidencias que todos pudimos ver: el independentismo incondicional comprobó que el líder que comandaba el barco rumbo a Ítaca ha mostrado su disposición a cometer la gran felonía. En otras palabras, que le tiene miedo a la cárcel y a perder su patrimonio, como todo hijo de vecino. Y Puigdemont constató que, cuando se llega al borde del abismo, uno está solo. En el momento clave lo dejó tirado hasta Junqueras, que anunció que se iba del Gobierno. Es decir, que ponía en marcha la maquinaria para ganarle de una vez por todas las elecciones a la antigua CiU.

Lo demás son conjeturas. Parece claro que en el ánimo de Puigdemont ha influido un sector nacionalista, encabezado por Artur Mas (cuyo temor a perder todo su patrimonio es más urgente), que le ha hecho ver que la independencia ahora no es viable, que no se puede hacer una lectura forzada del sainete del 1 de octubre y que hay que volver a la senda de las manifestaciones ñoñas que no asusten a los turistas ni a los compradores de pizza congelada.

También parece evidente que Puigdemont pregonó a los cuatro vientos, incluida la CUP, un acuerdo imposible: yo convoco las elecciones y quedo como el gran traidor histórico, pero a cambio el Gobierno excarcela a los Jordis y me da impunidad a mí y a todos los implicados en la revuelta.

Pero esas garantías, imposibles de llevar a la práctica en el Estado de derecho que Puigdemont tanto desprecia, huelen más a un intento de buscar una coartada para regresar con cierto decoro al mundo indepe.

Quizás el presidente quiera creer que la pelota está en el tejado de Rajoy, pero este último patadón la ha dejado en el Parlamento catalán. Concretamente, el balón ha caído en el campo indepe, el del grupo parlamentario de Junts pel Sí, la CUP y Forcadell, que con tres querellas encima tiene que decidir si deja votar la independencia o no. Todos ellos deberán elegir cola: la de los traidores o la de la fiscalía. El primero en ponerse en la de los botiflers ha sido Santi Vila. El resto tendrá que pronunciarse hoy. Y si al bloque independentista se le caen cinco votos por el camino, el ridículo será todavía mayor del que nadie pudiera imaginar.

El Gobierno español debería supeditar toda su estrategia a que los separatistas se devoren entre sí, a que tomen forma esas trazas de canibalismo, a que las sonrisas enseñen los colmillos.

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