A Puigdemont no le gusta su medicina

Tomás García Morán
Tomás García Morán LEJANO OESTE

OPINIÓN

PAU BARRENA | AFP

27 oct 2017 . Actualizado a las 07:51 h.

Fueron unos minutos, apenas dos horas. Un suspiro en el que Puigdemont probó de su propia medicina y descubrió que no le gustaba. No debe de ser placentero consagrar una vida a impulsar la revolución de las sonrisas y que, a la hora de la verdad, los de la sonrisa se giren hacia ti, se quiten la careta y te llamen traidor. Por cierto, es encomiable la ductilidad de los patriotas: la pancarta «Puigdemont traidor» tardó cinco minutos en salir de la imprenta.

De lo ocurrido ayer solo hay dos evidencias que todos pudimos ver: el independentismo incondicional comprobó que el líder que comandaba el barco rumbo a Ítaca ha mostrado su disposición a cometer la gran felonía. En otras palabras, que le tiene miedo a la cárcel y a perder su patrimonio, como todo hijo de vecino. Y Puigdemont constató que, cuando se llega al borde del abismo, uno está solo. En el momento clave lo dejó tirado hasta Junqueras, que anunció que se iba del Gobierno. Es decir, que ponía en marcha la maquinaria para ganarle de una vez por todas las elecciones a la antigua CiU.

Lo demás son conjeturas. Parece claro que en el ánimo de Puigdemont ha influido un sector nacionalista, encabezado por Artur Mas (cuyo temor a perder todo su patrimonio es más urgente), que le ha hecho ver que la independencia ahora no es viable, que no se puede hacer una lectura forzada del sainete del 1 de octubre y que hay que volver a la senda de las manifestaciones ñoñas que no asusten a los turistas ni a los compradores de pizza congelada.