La revolución de los burgueses


Son los corruptos de CiU, los mismos que ayudaron a Rajoy a sacar adelante la reforma laboral, los que ahora nos dicen que es democrático romper el ordenamiento establecido.

Lo que viene aconteciendo en Cataluña es una revolución de la burguesía. La sublevación de los poderosos y adinerados, disconformes con el régimen de solidaridad que nos hemos dado en este país. La revuelta de los que se niegan al reparto solidario con las clases españolas menos favorecidas porque ya se sabe que genéticamente están más próximos a los franceses que a nosotros, a decir de Oriol Junqueras. En su última obra, El final del desconcierto, Antón Costas que conoce bien el asunto, asegura que el apoyo electoral al independentismo le viene en buena parte de «grupos sociales acomodados, no de los perdedores de la globalización, de los parados o del mundo obrero y popular». Y a esta lúcida y valiente afirmación habría que añadir que también le llega de los corruptos, como es sencillo deducir con solo repasar la lista de promotores de la asonada. Gran parte de la burguesía catalana es la que ha promovido y alentado un nacionalismo que es ya esperpéntico y que en nada se parece, por ejemplo, al gallego. Las familias más adineradas, los opulentos, banqueros y empresarios, comenzaron por defender el nacionalismo, a cuenta del que obtuvieron suculentos beneficios, para tornarse independentistas en un procés que está siendo manejado por los antisistema. Es la burguesía industrial y financiera la que ha promovido, alentado y subvencionado todo este disparate. Son los corruptos de CiU, los mismos que ayudaron a Rajoy a sacar adelante la reforma laboral, los que ahora nos dicen que es democrático romper el ordenamiento establecido. A no mucho tardar en las universidades de todo el mundo, también en las de Burundi, será materia de estudio la pasión que los progresistas españoles sienten por la burguesía y las clases más adineradas. Y por eso uno se parte de risa cada vez que lee o escucha, y ocurre con frecuencia, a un progre moderno; a catedráticos, literatos e intelectuales en general que se dicen nacionalistas y a nacionalistas convencidos, apoyar lo que no es más que una revuelta de burgueses y señoritos. Son así de ridículos.

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