Siga a ese taxi


Siempre fui una niña algo repipi. Además de gordita, repipi. Repipi porque leía mucho y me encantaba que todo el mundo lo supiera. Llegué al colegio sabiendo leer. Leía todo lo que caía en mis manos: tebeos, libros... El mono desnudo, que estaba en la biblioteca de mis padres, el Reader Digest. Leyendo el Reader Digest me enteré de que unos jóvenes se habían comido a sus compañeros muertos después de un accidente en los Andes. Era una de mis historias favoritas, vaya. Apuntando maneras. De cría di poco la lata porque estaba o leyendo o dibujando. O viendo la televisión, todo hay que decirlo. Lo que más me gustaba del mundo además de los bocadillos de Nocilla («o palleiro non se fai sen palla») era leer. Mi madre decía que me volvería loca por el exceso de lectura, una visionaria sin duda. Pasaron los años y sigo leyendo. En mi casa no caben más libros. Están en doble y triple fila. He leído a Ishiguro, por supuesto. Lo que queda del día está en lugar noble de mi biblioteca. La película es una obra maestra, si no la han visto, véanla, aquí no se cumple eso de que el libro es mejor. Ya estoy siendo repipi otra vez y lo siento, me sale solo. Desde niña. En estos días convulsos nos queda la literatura. Leer es drogarse de irrealidad, de mundos ajenos, de emociones que hacemos nuestras. Podemos seguir siendo niños sentados en la butaca. ¿Vivimos en un mundo que nos niega el sueño y la imaginación? Hay un remedio próximo y no demasiado caro que nos salvará. Estos días he tenido la oportunidad de leer un libro maravilloso. Es cierto que el paso de los años malea un tanto la ilusión por la lectura. Eso y escribir. Los escritores somos seres raros por lo general, un tanto excéntricos y llenos de manías. Ya sé, es un cliché, pero a veces los clichés son un espejo de la realidad. Convertirme en escritora me ha maleado muchas lecturas. «Yo hubiese puesto otro adjetivo y nunca delante del sustantivo», «este ritmo narrativo es un desastre», «qué nombre más feo tiene el protagonista» y demás angustias que convierten el acto maravilloso de leer en una actividad digna de Mr. Scrooge. Pero estos días he tenido la oportunidad de leer un libro maravilloso. Se titula Taxi y es de un barcelonés, Carlos Zanón. Taxi, recuerden. No hay una página que no sea una joya. El ritmo narrativo es excelso, pura música. La trama, adictiva como un helado de nueces de Macadamia. Los nombres de los protagonistas son fantásticos. Y no hay adjetivos delante de los sustantivos. O por lo menos yo no los recuerdo. Zanón. No Zafón. Ojo. Pillen ese taxi. Desearán que les engañe con el taxímetro y les lleve por la noche oscura de Barcelona. Sin banderas. Pero con puro sentimiento e intensidad. Como debe ser la literatura. Toda la literatura.

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