Las dos lógicas que desestabilizan España


La independencia de Cataluña es -en teoría- imposible. Porque va contra la racionalidad y los intereses de España y de la UE. Porque no puede pedir más autonomía quien ya le puede echar pulsos al Estado. Porque los únicos errores que cometió el Estado en su descentralización fueron su temerario exilio de Cataluña, y su exceso de confianza en una lealtad defraudada. Y porque en la rebelión solo militan la chulería y el matonismo legal, mientras en el otro se alían la Constitución, los tres poderes del Estado, sus fuerzas policiales y militares, las leyes, y la gran mayoría de los ciudadanos. Pero esa es la teoría. Porque la práctica, derivada del encontronazo entre dos lógicas, permite dudar de que nuestra unidad esté suficientemente protegida. La lógica independentista, armada y manipulada desde la Generalitat, está basada en que alzarse contra España sale prácticamente gratis; que no hay nada que temer; que la sublevación es la partera de la historia; que ellos tienen un relato épico y España una tragedia cutre, y que el Estado, por su inseguridad y sus complejos, carece de arrestos para proteger su esencia y su legalidad y para reeditar el relato que heredó. La otra lógica, mantenida por el Estado, dice que cualquier movimiento de autoridad, o cualquier acción represora contra las instituciones desleales, es una vergüenza internacional y una tragedia nacional; que la respuesta proporcional contra la ilegalidad solo es posible en las chuminadas, pero no cuando el desafío rompe todos los esquemas; que todo es preferible, incluso la injusticia y el desorden, antes que suspender la autonomía de la heroica, inmutable y sagrada Cataluña. Por eso, sin saber lo que hoy vamos a ver, intuyo que el Estado está amilanado; que ya vivimos en un desorden inicuo, que se pone de manifiesto en la impunidad de los cabecillas, la huida de las empresas, la rebaja de la previsión de crecimiento, las ofertas de pactar «lo que sea», la definición del Congreso como un «mediador» -Soraya dixit- y no como la entera soberanía nacional, y la voluntad, servida a los cuatro vientos, de que, si hay que aplicar el 155 -pidiendo perdón y llegando tarde mal y arrastro- solo se hará de forma insuficiente, acomplejada, brevísima y torpe, para que el problema se aplace, pero no se resuelva. Por eso creo que España está sufriendo el inaudito bochorno de haber tolerado la proclamación de la República catalana -hecho que fue televisado- sin que al Estado se le haya ocurrido nada más que inquietar (un poquito) a furrieles y conserjes. Y mucho me temo que tampoco hoy actuaríamos, tras el escarnio de las respuestas que vamos a recibir, si Puigdemont no viniese a sacarnos de las trincheras con una garrafa llena de avispas cabreadas. Por eso nunca, ni cuando el Estado abusó de mí y despreció mi lealtad y servicio, me sentí tan humillado.

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