Vuelve Rajoy en su mejor versión

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El discurso de Rajoy en la tarde de ayer rozó la perfección. Y no solo por describir la rebelión independentista en su cruda y exacta realidad, sino por haber marcado una distancia insalvable entre su sólida posición política y jurídica y las otras miopes posturas que, tratando de pescar en río revuelto, intentaron meter el independentismo en un búnker inexpugnable. Para escribir esto no necesito disimular mi opinión de que el PP es, en este crítico momento, la piedra angular de nuestro sistema democrático; porque tampoco necesito ocultar las diferencias que mantengo frente a los tiempos y métodos de Rajoy. Por eso, tras afirmar al estilo portugués, que «primeiro Lisboa, segundo non hai, e terceiro Porto» (Rajoy fue Lisboa, y Rivera, si no Porto, Matosinhos), voy a explicar por qué el discurso de Rajoy, casi perfecto, no mereció matrícula de honor.

No fue perfecto porque no supo reconocer que todos los elementos necesarios para activar el artículo 155, estaban sobre la mesa, como mínimo, el 8 de septiembre. De haber reconocido esto, también podría habernos explicado que la única razón por la que toleró el caos de las dos últimas semanas, y especialmente el de los días 1 y 10 de octubre, tiene mucho que ver con el PSOE, y que, de haber activado antes el 155, no se vería obligado a ocultar que la salida de las empresas de Cataluña es un responsabilidad de doble dirección, ya que tan cierto es que las empresas se exilian porque alguien las puso contra las cuerdas, como que no se quedan porque los partidos constitucionalistas no protegieron en forma su derecho a permanecer.

También califiqué el discurso con 9,6 porque Rajoy nunca dice, aunque es su deber recordarlo, que, si bien es cierto que la descentralización territorial podrá seguir avanzando sobre una reforma federal de la Constitución, nada de eso sucederá si no hay consenso para reforzar -al estilo alemán- la unidad del Estado, mejorar el control federal sobre los posibles desvíos de los futuros reinos de taifas, y eliminar todas las expectativas de que el independentismo pueda progresar surfeando sobre el caos. Finalmente, tampoco mereció la matrícula porque no supo reconocer que, para hacer indiscutiblemente necesario el recurso al 155, sin dejar que el PSOE optase por marear una bandada entera de perdices, tuvo que tolerar el desorden hasta los lindes de la temeridad.

Pese a todo, aún tengo la esperanza de que tanto Rajoy como Sánchez, y todos los buenistas y mediadores que siembran su desconcierto por la piel de toro, hayan aprendido estas dos cosas: que, si hay que mediar en algo, nos tienen que dar la vez los palestinos, kurdos, nigerianos, norcoreanos, negros de Alabama, sirios, ucranianos y libios; y que -si no lo digo reviento- «el que toleró el desorden para evitar la guerra, tuvo primero el desorden y tiene ahora la guerra».

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