Las líneas que no deben cruzarse


Resulta habitual que los héroes quieran visitar los infiernos. La mitología nos lo recuerda de modo pertinaz: Eneas, Gilgamesh, Dante y su Virgilio. Pero no es esta una columna sobre alguno de mis mitos predilectos, sino política, donde mis predilecciones cada vez son más acusadas: prefiero la educación y la corrección formal al tremendismo, la crispación o la vulgar tensión dramática. La mala educación ya me produce sonrojo cuando viene de personas a las que supongo formadas. Pero con el tiempo he aprendido que la formación o la inteligencia no son garantes de los buenos modales. Incluso me atrevería a decir que nadie zahiere de modo más zafio que aquellos a los que alguna vez les he supuesto altura intelectual, discernimiento y lucidez.

Es popular la cita del verso rotundo y lapidario del tercer canto de la Divina Comedia: «Perded toda esperanza los que entráis». Es el Infierno de lo que nos habla el Dante. Leer el canto completo es uno de mis vicios más gozosos: aún no he encontrado una forma más rotunda, por escrito, de la belleza. Pero también de la sabiduría. Los grandes libros son diferentes cada vez que los lees. Por eso estas noches me he ido otra vez con el canto tercero y he aprendido que del infierno es muy difícil salir, aunque algunos lo hayan conseguido. Tengo la impresión de que a Luís Villares, el portavoz de En Marea, le tientan los infiernos expresivos. En mi opinión, es solo un ingenuo intento de imitar a Beiras. Pero Beiras citaba a Camus en francés y, aunque una vez sacó el zapato, acabó comiendo con Fraga en el Vilas hablando de asuntos mayores de la filosofía o el derecho. Villares pretende ser Beiras cuando es Villares, y juez. Una mezcla de difícil digestión. Por eso su intervención parlamentaria del pasado miércoles es lo más soez que he contemplado en mi vida de literato aficionado a la política, ese coso.

Insultos aparte, la intervención del juez Villares, ahora político, denotaba un clasismo que también observé varias veces en su paradigma Beiras (y lo observé tanto y tan palmario que me arrepentí y me sigo arrepintiendo de anteriores querencias). Luís Pousa definió este movimiento político con una frase brillante que quedará en los anales del periodismo: «marxismo de pazo y piano». Es predicar y no dar trigo. Es señalar objetivos para que sean otros los que ejecuten la revolución. Es situarse por encima del bien y el mal, fomentar el odio y la inquina, y aparentar ser un demócrata.

La democracia es otra cosa. Conduce al debate, incluso vehemente, pero no a la destrucción de todos los puentes. Se pierde la esperanza de retorno cuando se sobrepasan los límites de toda dialéctica: el respeto al otro. Y más si ese otro es el presidente de la Xunta de Galicia (¿Cómo se puede afirmar que uno ama a Galicia e insultar de ese modo al presidente, con tres mayorías absolutas, de todos los gallegos?). Es un viaje sin retorno el que inició Luis Villares el pasado miércoles. Hay líneas que no deben cruzarse.

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