La ley de Lynch


En los años noventa yo era una joven estudiante de Historia más bien ingenua. Hacía novillos en las húmedas y heladas tardes santiaguesas para ver Falcon Crest en el pequeño televisor del bar de la facultad. Adoraba los culebrones (lo sigo haciendo) y no había mayor placer televisivo que observar el despliegue de maldad de Angela Channing moviendo los hilos de aquella trama etílica y familiar. Eran tiempos en los que las series tenían planteamiento, nudo y desenlace. Tiempos en los que si entraba un ladrón malencarado en la Farmacia de Guardia se nos encogía el alma.

Hasta que llegó David Lynch.

La primera película de Lynch que me rompió la cabeza fue Dune. Aún tengo por el trastero la cinta de VHS en la que pirateé aquel delirio espacial. Me sabía diálogos de memoria. Iba por casa recitando La Letanía contra el Miedo como si me persiguiera Sting cantando a voz en grito Roxanne. Luego, Terciopelo azul. Aquello ya era demasiado. Todas mis obsesiones (no las voy a desgranar aquí) desfilando sin pudor. Un festival de terror y sensualidad perturbadora. Lynch no me podía gustar más.

Hasta que llegó Twin Peaks.

Con todos los ingredientes de la soap opera más mezquina y adictiva. Chica asesinada, agente del FBI, novios varios de la fallecida por lo visto presa de furor uterino, padres desesperados, misterios y más misterios, bosques mágicos, lechuzas y una mujer que hablaba con un leño. «¿Quién mató a Laura Palmer?» fue la frase promocional más impactante de la historia de la televisión. Lynch, sin variar demasiado todos los clichés de una telenovela, revolucionó los parámetros de visión y creación televisiva para siempre.

Pasaron los años y Lynch no cejó en su empeño de destruir el cine desde dentro para construirlo a su manera. Cada vez más extraño y atrevido, no tuvo ningún reparo en hacer películas incomprensibles para muchos, obras maestras para otros y encima poner a un señor mayor en un cortacésped a trasegar kilómetros y kilómetros.

Hasta que volvió a rodar Twin Peaks: The Return.

18 episodios que conforman una sola película. 18 episodios que son una obra maestra, pura inspiración hipnótica, incomprensible, bella y extraña, fuera de todos los parámetros habituales y comerciales. 18 episodios que fluctúan entre lo absurdo del surrealismo y la épica del amor y la muerte. Y ese capítulo octavo, inenarrable, apoteósico, en el que está resumida toda la filmografía de Lynch, desde Cabeza borradora hasta Carretera perdida.

Si no les he convencido para que vean la nueva temporada de Twin Peaks, si les han dicho que es una tomadura de pelo, lo hará sin demasiado problema el propio David Lynch. Vayan a YouTube. Busquen la escena en la que Amanda Seyfried se coloca de droga y amor mientras suena en el descapotable I love how you love me. Y disfruten de la pura belleza.

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