La España real y la España definida

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La corriente intelectual que domina España, en la que destacan los economistas académicos, ha conseguido demostrar que en este país nada fue, ni es, ni será lo que parece, y que, si una estadística nos pone a la cabeza, cualquier enteradillo sabe que, si se lee comme il faut, estamos a la cola. Una reedición muy yuppie y viajada de las dos Españas, contra la que no hay más antídoto, me temo, que un cambio generacional.

Si la estadística dice que creamos tanto trabajo como el resto de la UE, el nihilista demuestra que todo ese trabajo es temporal, fraudulento, mal pagado y machista. Y si nos sitúa como el país que más crece, el nihilismo científico descubre que ese crecimiento no llega a la gente ni a los servicios, y que solo sirve para llenar España de niños en ayunas y pobres irredentos. Si la estadística nos pone en el décimo lugar del mundo en bienestar sanitario, el nihilista dice que la sanidad pública se está privatizando. Si exportamos más que nunca, al nihilista le consta que no vendemos automóviles ni bienes de equipo, sino productos sin elaborar que dejan sus plusvalías en Alemania. Y si, partiendo de la «unidad de los hombres y las tierras de España», hemos creado uno de los países más descentralizados de Europa, el nihilista tiene claro que, dado que España solo es una quimera, todo lo que no es cutre y miserable, es, entre nosotros, falso.

Lo mismo pasa con los signos externos. Las vacaciones; las autovías, trenes y aeropuertos; los hoteles y restaurantes los llenan el 10 % de plutócratas que viven en España, mientras el resto resiste, oculto, gracias a Cáritas. Cuando el deporte español era una caca -¡con perdón!-, los campeones y medallas eran prueba del desarrollo de los demás; pero ahora que somos élite, todo el deporte es corrupción, fraude y dopaje. España llena Europa y América de técnicos, sanitarios y científicos que todos se disputan, pero el nihilista sabe que esos fenómenos los crea un sistema educativo ineficiente, en vías de privatización y dominado por los curas. Nuestros vinos, alimentos y cocina; nuestras fiestas, cultura y monumentos, y nuestras infraestructuras y paisajes, asombran al mundo; pero son producto de un país guerracivilista, analfabeto e imaginario, que habla un idioma desconocido y que apenas hizo nada -salvo equivocarse- en la historia de Occidente.

Vivimos en dos Españas: una real, alegre y feliz, y otra que no pasa de ser una definición nihilista, sobre cuya miseria y sinsentido giran las agendas políticas y mediáticas, y las decisiones de los votantes. Y, como demuestran los intelectuales nihilistas, la España imaginaria le está ganando a la real por goleada, en un conflicto que no va a parar hasta que la miseria definida se haga real y la realidad feliz se haga miserable. Porque un pueblo que se empeña en sufrir siempre lo consigue.

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