Cataluña y las efímeras lealtades

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Ayer, mientras todos los medios obtenían las conclusiones posibles -y algunas imposibles- de la Diada, me salí del carril de las lecturas periodísticas y caí en la lectura de Tierras de España, un resumen de los escritos de Azaña sobre pueblos, ciudades y regiones de este país. Es la mirada de un vecino cuando habla -y muy despectivamente- de Madrid; las anotaciones de un viajero que quiere conocer la geografía nacional, unas veces como simple curioso y otras como presidente del Consejo de Ministros de la República; y, por cierto, algunas páginas de su viaje a Galicia, en las que nuestra comunidad queda como un paisaje dominado por la miseria y lo que este diario ha bautizado como el feísmo.

Y de pronto, Azaña llega a Cataluña. Ya es presidente del Consejo. Quería ser un viaje privado, pero cuando la gente lo descubre, se produjo una «oleada estruendosa de afecto popular». Azaña llegó a creer que «en Cataluña se mantenía más recia y vivaz la fidelidad a las instituciones republicanas». Después de aprobado el Estatut, Azaña vuelve y pronuncia un discurso interrumpido por las ovaciones. Dice que la República no podría existir sin Cataluña y que «nadie atentaría a la una sin atentar inmediatamente a la otra». Termina sus palabras con sonoros «¡Viva España! ¡Viva la República! ¡Viva la libertad!» y entre paréntesis se anota: («El público contesta a los vivas con entusiasmo y aclama largamente al orador»).

Esto ocurrió el 26 de septiembre de 1932. El «viva España» entusiasmado duró exactamente dos años y diez días. El 6 de octubre de 1934 Francesc Macià proclamó el Estat Catalá. Traigo a colación estas lecturas históricas, porque uno de los aspectos más intrigantes de la crisis de Estado que ahora provoca el Gobierno catalán es cómo se pasó del fervor con que Cataluña aprobó la Constitución Española en 1978 al rechazo y ultraje de la misma Constitución 38 años después.

Es que nada es permanente, se me dirá. Y yo matizo: es que el independentismo ha sido muy hábil -y el Estado muy torpe- a la hora de ocultar los méritos de la ley suprema y lo que supuso para la identidad y los derechos de Cataluña. Y es que las lealtades -fidelidades, diría Azaña- son un material de escasa duración si no se cuidan y se alimentan. Las grandes manifestaciones de afecto se pueden convertir en expresiones de odio, si cuentan con agitadores y ausencia de respuesta. Bien mirada, la última lealtad entre Cataluña y España es una joya, porque duró casi 40 años. La lealtad en la República duró lo dicho: dos años y diez días. Eso sí: entonces fueron detenidas más de 3.000 personas, algo impensable en la España de hoy. La crisis de Estado actual es un fracaso de todos. Pero hubo alguno peor.

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