La oreja de Jorge


Para nadie es un secreto la angustiosa situación económica que ha traído a Cataluña el aumento en los gastos originados por la implantación del Estatuto. La autonomía es cara; resulta cara en la práctica y los catalanes pasan ahora, ya traspasados los servicios a la Generalidad, por serias dificultades para hacer frente a las atenciones del nuevo régimen regional muy superiores a su capacidad tributaria. Con deudas anteriores que exceden de veinte millones de pesetas, con un déficit inicial que sube como la espuma y con las nuevas obligaciones de una densa burocracia, la Generalidad no halla medios normales para salir del atasco y forzosamente ha de pensar en la apelación a recursos excepcionales.

El momento es propicio a la tentación y han sabido aprovecharlo las gentes siempre dispuestas a comerciar con la ajena necesidad. Cataluña tiene de donde sacar dinero en abundancia. Le bastará dejar que lo tiren a su gusto los que lo tienen y no saben qué hacer con él para que llegue a sus manos copiosamente. Ahí está, en la misma orilla mediterránea, casi enfrente de las doradas playas catalanas, el ejemplo de Montecarlo.

Unas ruletas, unos «caballitos», unas mesas de treinta y cuarenta y una amable tolerancia. No hace falta más para salvar la situación y nadar en la opulencia. El juego no es más que un lujo, un complemento de la vida fastuosa. ¿Que es un vicio? De acuerdo. Pero también es vicio fumar y es vicio beber. Y nadie se escandaliza ante las fabulosas ganancias de la Tabacalera ni ante el señorito manirroto que derrocha con igual prodigalidad su caudal y su salud en la embriaguez del cabaret.

Así planteada la cuestión ¿habrá que asombrarse de que la Generalidad se haya dejado seducir por el deslumbrador panorama de una ganancia segura y opima? No. La Generalidad tiene sus problemas y ha de resolverlos ella misma, con propios medios y de acuerdo con las circunstancias. Barcelona no es Madrid. Barcelona, tan cerca de Marsella, tiene una psicología bien distinta de las demás ciudades españolas. En Barcelona es posible el Barrio Chino y el gángster, y el contrabandista de opio y el traficante en blancas. El catalán de pura raza cree, como el personaje de Katiuska, que París es igual que Barcelona, solo que un poco más pequeño.

El caso es que ya están en Madrid unos delegados de la Ezquerra para orillar cerca del Gobierno de la República las dificultades qué pudieran oponerse a hacer de Montjuich y de Sitges los competidores de Baden-Baden y Montecarlo. Después de todo, ni en la Constitución ni en el Estatuto hay nada que lo impida. Y con tal de que en el resto de España se mantenga la sana costumbre que ha empobrecido a San Sebastián, allí los catalanes se las entiendan con las orejas de Jorge.

La Generalidad no halla medios normales para salir del atasco y forzosamente ha de pensar en la apelación a recursos excepcionales.

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