Un país pobre con ricos muy ricos


Yo fui testigo de los insultos. Sucedió en el Gran Hotel de A Toxa en 1989, donde Josep Borrell, a la sazón secretario de Estado de Hacienda, había convocado a los consejeros de Economía para debatir la reforma del Fondo de Compensación Interterritorial (FCI). Durante un receso de la reunión, en el vestíbulo del hotel, un grupo de señoras emperifolladas lo abordaron y lo pusieron como chupa de dómine. Le gritaron de todo menos bonito. Estaban indignadas por la guerra que Hacienda había declarado a la opacidad fiscal de los seguros de prima única, refugio por entonces de una enorme montaña de dinero negro. Borrell había conseguido arrancar a los bancos y aseguradoras el listado de titulares de primas únicas. Y por eso, con información precisa que solo él conocía, me espetó después del incidente: «Convéncete, Salgado, en Galicia hay más ricos de los que pensáis».

Recordé la anécdota al leer ayer que somos la comunidad autónoma donde los ricos son más ricos. Esta vez, no ocultos bajo las faldas de las primas únicas, sino convictos y confesos, con su firma al pie de sus respectivas declaraciones. Comparativamente no abundan en Galicia los ricos. Si consideramos como tales los que declaran una fortuna individual superior al millón de euros, tenemos 7.656: esa es la cifra de contribuyentes que en el 2015 declararon su patrimonio. La mayoría de las comunidades autónomas nos superan en número de millonarios por metro cuadrado o por población. Tenemos un rico por cada 354 habitantes, baja densidad que apenas rebasa la de Canarias, Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura, pero muy alejada de la convulsa Cataluña, una nación -o como ustedes quieran llamarle- superpoblada de millonarios: uno por cada centenar de habitantes.

A cambio, no hay ricos más ricos que los gallegos. Los 7.656 declararon en conjunto un patrimonio de 34.500 millones de euros. Cuatro millones y medio por contribuyente, casi el doble que baleares y catalanes, siguientes en el escalafón. Ya ven: ellos nos aventajan en la concentración de las gentes, la tierra y la industria, pero nosotros los superamos a la hora de concentrar la riqueza en pocas manos.

Este cuadro descriptivo merece un par de observaciones. En primer lugar, su fiabilidad es dudosa. Son todos los que están, pero evidentemente no están todos los que son. Parafraseando a Borrell, en Galicia hay más ricos de los que contabiliza la Agencia Tributaria. Y los que están aún son, en general, más ricos de lo que dicen ser. El fraude existe y no hay motivo para creer que el impuesto sobre el patrimonio esté limpio de paja y polvo.

En segundo término, la densidad de millonarios puede ser síntoma de un país desarrollado y de una cierta democratización de la fortuna. Por el contrario, la indecente concentración de la riqueza en el vértice de la pirámide solo indica desigualdad. Que en un país atrasado, como aquel que en 1989 reclamaba un pellizco más del FCI, haya un puñado de ricos más ricos que los de Francia o Alemania siempre me ha dado que pensar.

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