La sonrisa de Meritxell


El verano tiene sus encuentros en la tercera fase. Cuando uno es joven se deja perseguir por sueños de luna y se convierte en un lunático y, ya mayor, comprende que es cosa de sagaces conocer gente y escuchar. Lo hago a menudo. Cuando no es verano, también. Este agosto ya fenecido, allá por tierras mediterráneas y Cataluña abajo, me conquistó la emoción inteligente: soy muy fácil para emocionarme y muy devoto de los inteligentes. Una mujer reía página tras página, leyendo. Ahora que todo el mundo tiene sobre las manos, cual revólver, sus teléfonos móviles (que nos mantienen inmóviles), yo me solazo con los que sostienen libros y se les ve el fulgor. Como ella. Pronto comenzamos a hablar. Le dije: qué bueno debe ser su libro, que tanto sonríe usted. Ella me contestó que era humor inglés, más fino que el nuestro. Empezamos a parolar, y sin que una cosa llevase necesariamente a la otra, acabamos hablando de los gallegos y los catalanes. Que se lo creen ustedes todo, me dijo. Lo de la independencia, y tal. No lo tomen demasiado en serio. Nosotros, los catalanes, somos así. Nos gusta reírnos de todo el mundo, pero a lo bestia, no como los ingleses. No sé por qué acabamos comentando del humor de Samuel Johnson, que entre borrachera y borrachera aún tenía tiempo para divertir a su amigo Boswell. También de Chesterton, el humorista más serio de la historia de la literatura, dije yo. Era una conversación grata que iba tejiendo un hálito de lucidez, cual espuma, sobre el atardecer, el mar y las retamas. Yo pretendía entender su criterio y ella no cejaba en el empeño de que lo entendiese. Concluyó que todo era un paripé, eso que ahora llaman postureo. Y se echó a reír. Los catalanes nunca nos iremos de España porque no nos conviene, comentó. Y cuando algunos le vean las orejas al lobo, adiós muy buenas. ¿Las orejas al lobo?, pregunté sin saber muy bien a qué orejas se refería. La pela es la pela, gallego, me dijo. Y ahí quedó la cosa.

Unos días después la encontré de nuevo en la playa. Yo, muy preocupado con la determinación insoslayable de los gobernantes catalanes (cada cual más prudente e ingenioso). Ella, sonriendo. Olvídelo, me dijo, todo se resolverá como se ha resuelto en estos últimos treinta años. Llegados al abismo, paso atrás. Así ha sido siempre. ¿Se imagina qué pasaría si Rajoy despidiese a los funcionarios que no cumpliesen con su deber? Lo hizo Reagan con los controladores aéreos y ahí empezó su leyenda. Y si preguntase a los pensionistas quién pagará sus pensiones y a los parados su paga. ¿Les servirá el Código Penal español y sus jueces? A Cataluña hay que tocarle en lo importante, añadió. Según Meritxell, así se llamaba mi contertulia, ahí se acabaría el cuento de la independencia. El gallego no es tan ingenuo como parece. ¿Lo dice usted por mí?, le pregunté. No, lo digo por Rajoy, a pesar de que ha pecado de mano izquierda y consentidor. A los catalanes, si nos dan la mano, cogemos el brazo entero.

Al día siguiente ya no hablamos de Cataluña. Meritxell, con su libro en las manos, seguía sonriendo.

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