Feijoo receta «política á galega»


Como eslogan publicitario no está mal, aunque quizá, puesto que el producto en venta es Mariano Rajoy, le casaría mejor «política a la gallega». Defrauda, sin embargo, enterarnos de que el ingrediente esencial de la receta consiste en «hablar poco y trabajar mucho». La definición no está a la altura intelectual de quien la acuñó. Ni hablar poco es sinónimo de prudencia y menos aún de transparencia, ni trabajar mucho equivale a buena política. Hablan poco los tímidos, pero también los que tienen algo que ocultar; trabajan mucho los esclavos, pero también los facinerosos. 

¿Cuál es, pues, la naturaleza de esa política a la gallega? A la espera de que Núñez Feijoo lo aclare, barajemos una hipótesis: la política que practican los naturales de Galicia cuando acceden a la gobernación del Estado. Y abofé que nuestra historia está plagada de gallegos encaramados en la cúspide del poder.

Durante la Restauración, desde Alfonso XII hasta la República -casi seis décadas, más de veinte elecciones de aquella manera-, tuvimos más diputados en Cortes que nadie. Galicia aportaba sistemáticamente 45 representantes, Cataluña nunca sobrepasó los 44, Madrid se conformaba con 12 o 13. Solo nos superaba Andalucía en términos absolutos, pero en diputados por metro cuadrado arrasábamos. Los diputados gallegos -cierto que muchos de ellos no nacieron en Galicia y algunos no pisaron jamás esta tierra- ocupaban, invariablemente, más de la décima parte de las Cortes.

En el primer tercio del siglo pasado hubo cuatro gallegos en la presidencia del Gobierno, dos de ellos -José Canalejas y Eduardo Dato- acribillados a tiros por pistolas anarquistas. Dos primeros ministros más -Portela Valladares y Casares Quiroga- durante la Segunda República. Un dictador sanguinario, ferrolano por más señas, en los cuarenta años siguientes. Y ahora, ya en el nuevo siglo, el presidente gallego que, al parecer, habla poco y trabaja mucho. Añadamos a la nómina infinidad de ministros y caciques de postín con mando en plaza. Comprenderemos así la jactancia de O Ferrador, personaje de Pío Baroja, que replicaba al Manchego con profundas «reflexiones filosóficas»: «Mira Manchego -le decía-, ¿de dónde son los gobernadores, ministros y demás?... De la Galicia, hombre, de la Galicia. ¡Y qué se va a hacer».

Los gallegos siempre ocuparon plaza en la cabina de mando de la política española. Mientras tanto, Galicia languidecía en un rincón de la península, se desparramaba por América -y por la vieja Europa, y por las fábricas de Bilbao y Barcelona- y el tren del desarrollo acumulaba retraso tras retraso. Cada vez más periférica, a cada paso más rezagada, hasta quedar relegada a los furgones de cola.

Por eso, una de tres. O bien mi hipótesis está equivocada y la política a la gallega, a diferencia del pulpo á feira, no es la que elaboran los gallegos. O bien la política de Estado y la marcha de Galicia no guardan relación alguna. O bien, de lo contrario, debemos concluir que la «política á galega» no nos conviene. ¡Y qué se le va a hacer!

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