Curso político sobre la cuerda floja


Mariano Rajoy acaba de abrir un curso político que no se había cerrado. La política española repite curso por tercera vez, empeñada en bailar muiñeiras y sardanas al borde del abismo. Sus tutores elucubran sobre el futuro al margen de las metodologías científicas más elementales, y los chicos más espabilados de la clase compitiendo -como en el tute cabrón- por ver quién pierde más tantos y oportunidades. Lejos de tener problemas insuperables, España está siendo insidiosamente envenenada por los que plantean rupturas inasumibles, y por los que creen que su única misión -¡al servicio del pueblo!- es impedir que se gobierne. Y por eso quieren demostrar que este hermoso país no hizo nada positivo en toda su historia, y que llegó la hora de experimentar el asamblearismo y la indigencia institucional -rastas, zapatillas y faldra fora- como método para crear una democracia fetén. El ensayo general para este otoño se produjo en Barcelona, donde lo único que unió a todos los manifestantes fue el intento de molestar lo más posible, de meterse en los charcos más pestilentes, de presumir de las medallas ganadas en los procesos de ruptura y enfrentamiento, y de demostrar que, en el inteligente sentir de las masas, España se está quedando sin bandera, sin himno, sin rey, sin fuerzas de orden público y sin un Gobierno que pueda pasearse libremente entre su pueblo, para presumir de un momento que fuera de aquí se tiene por ejemplar y exitoso. Las conclusiones, por tanto, tenían que ser las que fueron. «Vuestras políticas, nuestra sangre», decían unos. «La culpa la tienen los traficantes de armas que se abrigan en las instituciones», decían otros. Y aún hubo quien pintó al Rey al lado de los sátrapas saudíes para insinuar que la responsabilidad de los muertos de las Ramblas no cae sobre los terroristas, sino sobre los cárteles monárquicos que les facilitan armas tan sofisticadas como cuchillos de cocina, furgonetas de reparto y bombonas de butano. ¿Y qué hacen, mientras tanto, los políticos? El PP -agarrado a la peor interpretación del laissez faire, laissez passer- espera un milagro del sentido común. El PSOE, que solo ansía «ser califa en lugar del califa», quiere asfixiar a Rajoy, aunque para ello tenga que ahogar también al país. En Ciudadanos trabajan para dimitir preventivamente a toda la clase política y acabar con los aforamientos. Puigdemont piensa en saltar por los aires el puzle territorial y escapar con su trocito para Kosovo. El PNV cree que en río revuelto ganan los pescadores. Podemos tiene claro que el nuevo orden solo puede nacer del caos propiciado por su coalición con el PSOE. Y el pueblo piensa que «al final nunca pasa nada», y que todo riesgo es pequeño cuando se trata de castigar al culpable de todo. Así viene el curso que abrió Rajoy. Y así, me temo, nos va a lucir el pelo.

España se está quedando sin bandera, sin himno, sin rey, sin fuerzas de orden público y sin un Gobierno que pueda pasearse libremente entre su pueblo

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