Del Combo a París, qué ¡Panorama!


Los grandes imperios de la historia de la humanidad cayeron por sus propios excesos. Se desnaturalizaron. Un breve repaso al pretérito nos ratificaría en la idea de que Roma fue víctima de sí misma y que Bizancio, que se aprovechó de Roma, no supo vislumbrar sus errores. Los aztecas se dejaron ir en la abundancia y la vagancia hasta fenecer. Y de Felipe II, qué le voy a contar qué usted no sepa, querido lector de este agosto alicaído. Galicia también era un imperio. De la empanada y la verbena, del baile amarrado, del remude y la sesión vermú. Todo se nos acaba. 

Es un cambio de ciclo que mis hijas me señalan. También aseguran las muchachas (de 15 y 19 años) que me estoy haciendo mayor y que la cosa esa de ser conservador me la estoy creyendo al pie de la letra. Cierto, lo soy, conservador radical, o sea, que pretendo conservar las raíces de una tierra conquistada por la dictadura de los horteras. Creo que nunca hubo tantos.

Cuando Hombres G eran un referente de mi generación, yo prefería a Donna Summer y su música disco sensual. Entre un hortera y una dama del ritmo, elijo a la segunda, aunque sus letras fuesen más huecas que la cabeza de Paquirrín. Ahora no salgo de casa por las noches. Hasta estos días atrás, que me arrastraron a las verbenas del valle de Monterrei.

Mucha gente, pero poco que contar. Porque la gente ya solo va a las fiestas a mirar el espectáculo de una orquesta, o algo así, situada sobre un palco gigantesco. Apenas bailan. Y mientras los jóvenes se embotellonean, pasan las horas escuchando célebres temas donde el prístino compositor nos alecciona sobre la belleza.

Anoto una letra de una de esas canciones: «Ay, ay, ay, qué es lo que tienes tú, levántate la falda y enséñame el tatoo». Prodigiosa canción que se acompaña con movimiento de caderas, de portentosos solistas de vientre tabletario y amplios pectorales. Hablan entre canciones y yo me pregunto para qué. Es algo que demando desde hace años. Que los músicos no hablen ni medien en conflictos políticos, porque lo suyo es la música. También pido lo mismo de los futbolistas: que jueguen y callen, porque quién demonios soporta juicios de moral de Cristiano Ronaldo, por favor. Aunque no lo parezca es la desolación quien alimenta esta columna veraniega.

Harta de que se nos caiga el país de las maravillas, el nuestro, esta Galicia a la que las verbenas de verdad, de conjunto musical o de orquesta pasodoblera, se está yendo al carajo. Esta Galicia imperial víctima de sí misma. Acostada frente al abismo, ya está aniquilando su penúltimo signo de identidad con esas orquestas espectáculo que tienen mucho de espectáculo y muy poco de orquesta. Se nos muere Galicia. La auténtica. Ay, ay, ay, qué es lo qué tienes tú. Del Combo a París, ¡qué Panorama!

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