La almohadilla


De todas las etiquetas que guardan las cuatro esquinitas de la pantalla -logotipos, publicidades y avances de programación-, hay una que se ha convertido en imprescindible: el hashtag. Esa clave, precedida por la almohadilla, es la llave de acceso al éxito de un programa en las redes sociales. Pocos programas pueden eludir ya la interacción por medio de este código que acaba de celebrar diez años de existencia y sirve para poner orden en el redil de la audiencia. Bajo estas consignas, se reagrupan los espectadores que comparten afición por un mismo espacio haciendo buena la máxima de que lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal.

Cada día varios programas se convierten en los temas más comentados en las redes sociales, con el festival de Eurovisión a la cabeza de los ránkings del año. Esto ha permitido crear una nueva experiencia de ver la tele en comunidad y fomentar la sensación de pertenecer a grupos virtuales nacidos en torno a la pantalla, desde los ministéricos a los serramourers. Pero la herramienta tiene también su reverso tenebroso. Carlos Sobera tuvo que terciar el otro día para defender a una pareja de concursantes de The Wall del ensañamiento de la manada: «Podrá no gustaros el programa. Y lo respeto. Pero no insultéis».

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