Los tontos útiles del independentismo


En un espléndido artículo publicado el pasado 13 de agosto, y que a la postre ha resultado premonitorio, el filósofo Fernando Savater hablaba de lo que él denomina «los abstemios», que son aquellos que, horrorizados ante la posibilidad de que se les tome por personas de derechas, son incapaces de plantear jamás una crítica a los nacionalistas, por más disparates que estos cometan, sin añadir inmediatamente y a renglón seguido una invectiva contra el Gobierno por su «inmovilismo» ante el desafío secesionista lanzado por el independentismo catalán.

Esta tropa abstemia no está compuesta por los descerebrados capaces de culpar al rey de los atentados de Barcelona o de decir que «ser catalán en España es como ser gay en Marruecos», que son absolutamente irrecuperables, sino por personas inteligentes que, sabiendo perfectamente que detrás de la verborrea nacionalista solo hay un páramo intelectual y grandes dosis de demagogia, prefieren no meterse en líos y vivir amparados en una cómoda equidistancia. Para no tener que renegar públicamente del delirio independentista, optan por renegar de todas las banderas, las patrias y las naciones. El mal no es para ellos el nacionalismo, sino la misma idea de nación, como aquellos abstemios que condenan a todo el que bebe alcohol, y no solo a los que se emborrachan. Equiparando el desprecio del independentismo catalán a la ley con la defensa del Estado de derecho por parte de un Gobierno legítimo, sirven en bandeja a los secesionistas el deseo de tratar de igual a igual al Estado español.

Esos abstemios de los que habla Savater llevan muchos años siendo los tontos útiles de un nacionalismo que exprime en beneficio propio su cobardía y su falta de principios. El problema surge cuando esa actitud pusilánime y ventajista se extiende a asuntos de mucha más envergadura y gravedad que la majadería de tratar de celebrar un referendo separatista prohibido por la ley. Cuando el independentismo y el populismo -y perdón por la redundancia- aprovechan en beneficio propio unos atentados que han causado la muerte de 15 personas inocentes, adoptar la postura abstemia es ser cómplice de esa indignidad.

A estas alturas, está bastante claro que, a pesar de la brillante actuación de los agentes que acabaron con cinco terroristas, tanto la actuación previa a estos atentados por parte del Ayuntamiento de Barcelona como las primeras investigaciones y la labor de vigilancia sobre los islamistas por parte de una policía autonómica catalana que no prioriza la colaboración con otras fuerzas de seguridad fueron un completo desastre. Y, sin embargo, el independentismo insiste en convencernos de todo lo contrario y en colgarse medallas, con la inestimable colaboración de los abstemios, siempre mudos y equidistantes. Si algo ha demostrado la matanza de Barcelona es la necesidad urgente de establecer un mando único centralizado con autoridad sobre todas las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que garantice su perfecta coordinación. Pero para defender eso hay que tener algo de coraje.

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