Teletransporte en los 7 reinos


En el mundo hay dos tipos de personas. Los que ven Juego de tronos y los que no. A los primeros se les reconoce fácilmente. Ignoran a los otros. Buscan sin parar a sus correligionarios para debatir hasta la extenuación cualquier detalle sobre los avatares y desventuras de Targaryens, Lannisters, Starks y demás carismáticas familias de ese continente llamado Poniente. Y les brillan los ojos de forma especial cuando intercambian teorías de la conspiración tan intrincadas como la escritura de algún premio Nobel de cuyo nombre no queremos o sabemos acordarnos.

Juego de tronos es fantasía de la buena, muy bien escrita por ese autor lento y talentoso llamado George R. R. Martin, superado por su agenda y por el implacable éxito de la serie. Él es el arquitecto de un mundo con historia, tradiciones y una geografía concreta y detallada hasta el extremo.

Cuando los responsables de la adaptación dejaron de contar con los libros como base (porque la serie los adelantó), empezaron los problemas. Tuvieron que tomar decisiones sobre la trama que en su momento parecieron funcionar, pero que ahora propician esos trucos argumentales y viajes instantáneos que han despertado tanta polémica y que no harían extraño escuchar un (Star Trek nos perdone) «¡teletranspórtenos, señor Stark!».

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