Machado y la furia sectaria del nacionalismo


Cuando transcurran dos o tres décadas y ya nadie recuerde, salvo en sus casas a la hora de comer, al alcalde de Sabadell ni al energúmeno historiador al que el regidor de la CUP encargó un informe para la limpieza étnica del callejero de la quinta ciudad de Cataluña, inmensos personajes como Goya, Quevedo, Lope o Góngora -castigados, entre otros muchos, con la hoguera por la mente enloquecida de estos nuevos Savonarolas- seguirán tan vivos como siempre en la galería de figuras esenciales no solo de la historia de España sino también de la cultura universal.

Cuando transcurran dos o tres décadas y se haya ya olvidado en Cataluña el delirio colectivo generado por la explosiva combinación de la osadía delictiva secesionista y la cobardía acomplejada de la mayoría de quienes no lo son, sentiremos una vergüenza incontenible al recordar que hubo un tiempo en que, entre otras muchas mamarrachadas provocadas por la furia inquisidora de los nacionalismos, un pretendido historiador propuso suprimir del callejero de Sabadell, además de los nombres ya citados, los de Antonio Machado, Espronceda, Campoamor, Tirso de Molina, Larra, Fernández de Moratín y, para completar la pira, Pasionaria e incluso Rafael del Riego, el militar liberal que se sublevó en 1820 contra el absolutismo fernandino. Y todo porque los citados personajes serían «españolistas», o «anticatalanistas», u «hostiles a la lengua, cultura y nación catalanas», o representarían, en fin, «el modelo pseudo cultural franquista».

¿Quién puede dudar de la profunda relación existente entre el franquismo y Lope de Vega o Luis de Góngora? ¿Cómo no considerar obsesivos anticatalanistas a Goya o a Quevedo? ¡Pues claro! Pena que a nuestro brillante historiador se le escaparan destacados enemigos dels Països Catalans como el Cid Campeador, Camarón, los reyes godos, Amrus ben Yusuf o Gabi, Fofó y Miliki, entre otros muchos peligrosos franquistas y españolistas de una lista interminable.

Tanta necedad, ignorancia y sectarismo serían para partirse de risa salvo por un razón que excluye cualquier broma: que detrás del proceso de construcción de toda dictadura, satrapía y paranoia antidemocrática ha habido siempre un grupo de presuntos intelectuales encargados de sentar las bases ideológicas sobre las que se levantaban las hogueras, materiales o políticas. Del franquismo a las dictaduras latinoamericanas de izquierdas o derechas, del nazismo al estalinismo, de Pol Pot a Mao Zedong, cualquier limpieza étnica o política ha venido siempre precedida por una brutal y desvergonzada manipulación de la historia, concebida por sus impulsores, según ha apuntado sabiamente Fernando Savater, no como «lección de lo que ha sucedido», sino como «programa regenerador de lo que tiene que pasar».

En eso está el nacionalismo catalán, hoy controlado por los radicales de la CUP y de ERC: en regenerar a Cataluña a base de degenerar el pluralismo, el respeto a le ley y la democracia hasta extremos de auténtico delirio.

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