Seguiremos liándola parda


Las frases más repetidas en España son «esto no pasa en ninguna parte», que, gracias a que en su reiteración participamos todos, se ha pronunciado unos 1.728 millones de veces; y «combatiremos esta lacra con todos los resortes del Estado de derecho», que, amadrinada por las vicepresidentas Fernández de la Vega (PSOE) y Sáenz de Santamaría (PP), solo se repitió 1,2 millones de veces, porque al pueblo le parece frase de pijos y se la reserva a los políticos más espabilados que Pericles. 

Que la primera expresión es una chuminada lo sabemos todos, y por eso es la más utilizada por un pueblo culto y brillante al que, sin embargo, le mola la autoflagelación. Pero que la segunda no es una genialidad, sino una jaculatoria vacía e impostada, acabamos de descubrirlo anteayer, cuando, ante el grave y desbocado desafío independentista, la vicepresidenta Soraya modificó su engolado criterio para decir que «combatiremos esta lacra con todos los resortes del Estado de derecho, ¡menos uno!», dando a entender que el dogma sostenido durante cuarenta años -que «la ley hay que aplicarla»-, tiene una hipotética excepción.

Dicha excepción es el artículo 155 de la Constitución, que el PP descartó aplicar de manera gratuita, y que -más allá de privarnos de un elemento que puede ser imprescindible para que el Estado frene ese referendo que no habrá pero puede celebrarse- implica externalizar hacia los órganos judiciales la obligación de «hacer guardar la Constitución» que todo el Consejo de Ministros juró.

Se puede entender que el Gobierno sea reticente a activar el artículo 155. Y no porque no esté indicado, que lo está, o porque sea difícil de activar, que no lo es. El problema es que, teniendo España una cultura de oposición francamente desleal, en la que vale todo lo que desgasta al Gobierno, aunque sea contrario a la justicia o al bien común, no es fácil afrontar en solitario y en minoría una situación tan lábil y compleja como esta, con la que todos los grupos de la oposición se están frotando las manos.

El resultado de esta calculada renuncia a gobernar es que este indecente y peligroso juego del ratón y el gato, que la Generalitat y el Gobierno mantienen en un marco de quiebra institucional, acaba de dar un nuevo paso -liándola parda- a favor del independentismo, sin que nadie se atreva a aplicar, ni a pedir que otros apliquen, el único resorte jurídico y político que puede volver las fichas a sus casillas, y reponer un reglamento efectivo, que no permita confundir la política con un proceso atrabiliario, un discurso degradado, una estrategia fulera y una visión trapalleira del orden jurídico y político al que todos tenemos derecho. Por eso, aunque es posible que no haya referendo, nadie nos va a librar de un grave desorden estructural del Estado. Y ahí, y no en la escisión, está el peligro.

El resultado de esta calculada renuncia a gobernar es que este indecente juego del ratón y el gato acaba de dar un nuevo paso a favor del independentismo

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