Cataluña: el silencio de los bomberos


En cuanto se presente en el Parlamento catalán el adefesio que pretende dar base legal a la celebración de un referendo delictivo, se repetirá el insólito pulso entre el imperio de la ley y quienes, habiendo prometido cumplirla y hacerla cumplir, se han sublevado contra ella. Ese pulso, que nos sitúa al nivel de una república bananera, solo puede acabar de dos maneras: o con la retirada de los secesionistas, que, tras darse por vencidos, convocarían nuevas elecciones; o con el uso legítimo de la fuerza del Estado de derecho, si los sediciosos se empeñan en seguir adelante con un plan que es una demencia inadmisible. 

Si las cosas salen bien, la prudencia de Rajoy se impondrá, sin contradicción posible, como una gran habilidad; si salen mal, muchos lo señalarían como el único responsable del desastre. Empezando, claro está, por Pedro Sánchez, que intentaría sobre esa tragedia nacional su cabalgada para llegar a la Moncloa cuanto antes.

Y así, en medio de la más grave crisis política de España tras el final de la Guerra Civil y la implantación de la dictadura, volverían a salirse de rositas todos los que con su silencio clamoroso habrían favorecido un desenlace tan terrible. De ellos se habla poco, pero es necesario comenzar a subrayar su inmensa responsabilidad, por omisión, en todo lo que desde hace años está pasando en Cataluña.

Son los abstemios profesionales, los que se lavan las manos, a los que ayer se refería Fernando Savater en un artículo genial. Son, entre otros, los juristas, que se han negado a tomar partido a favor de las leyes que les sirven de sustento; los universitarios, emboscados en la comodidad de sus despachos; los empresarios que no han corrido riesgo alguno mientras veían cómo se destrozaba la seguridad sin la que los negocios no pueden prosperar; los sindicatos, callados pese a saber que la independencia sería una ataque frontal a la igualdad de los trabajadores; los comerciantes, los profesionales liberales, las organizaciones de la sociedad civil; y, por supuesto, los abajo firmantes habituales en toda causa progresista, real o imaginaria, que ahora han creído cosa de peperos defender el imperio de la ley y la condición de ciudadano de un Estado de derecho. Muy pocos de todos ellos, mudos de pavor ante el discurso reaccionario del nacionalismo, han levantado la voz mientras veían cómo nuestra democracia era vapuleada por unos facinerosos.

Ha sido el silencio de los bomberos: de los que deberían haber levantado su voz para ayudar a apagar la hoguera en que han convertido a Cataluña los fanáticos del independentismo. El silencio que precede, ahora sí, al de los corderos, en una sociedad que, ya habituada a que la ley puede violarse a conveniencia, tendrían que soportar en una Cataluña independiente que los radicales de ERC y de la CUP se consoliden como lo que ya son en gran medida: los matones de lo que, con su triunfo, se convertiría en un inmenso pueblo del Oeste.

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