La secesión como excusa del fascismo


El 26 de abril de 1990, el entonces líder del PNV, Xabier Arzalluz, mantuvo una reunión clandestina con la cúpula de Herri Batasuna en la que expuso con tanta frialdad como cinismo cuál debería ser el reparto de papeles entre su partido y ETA para alcanzar el objetivo común de la independencia. «No conozco ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas», dijo literalmente Arzalluz, según el acta de aquella cita levantada por los cabecillas de HB. 

El histórico dirigente del nacionalismo vasco planteaba así que para alcanzar la independencia que entonces situaba en torno al año 2002, era necesario formar un equipo en el que unos utilizaran la violencia (ETA) y otros (el PNV) negociaran la secesión con el Estado español con la fuerza que daban los muertos encima de la mesa. Cuando Arzalluz pronunció aquella frase, ETA había asesinado ya a 658 personas. Y mató a otras 221 hasta el año 2010, en el que la banda terrorista cometió su último atentado mortal.

Aunque es cierto que el nacionalismo ha recogido desde entonces muchas nueces manchadas de sangre, el País Vasco sigue formando parte de España; ETA ha sido derrotada; Arzalluz es un cadáver político del que no se acuerdan ni en su propio partido y el Partido Nacionalista Vasco lleva muchos años tratando de sacudirse el estigma de haber sido cómplice de los asesinos y pidiendo perdón a las víctimas.

Pero, 30 años después, ni Artur Mas ni Carles Puigdemont, cuya talla política es inferior incluso a la del troglodítico Arzalluz, han aprendido nada. Se creyeron más listos que Jordi Pujol, que combinó durante décadas la política del peix al cove (pájaro en mano) con el saqueo familiar de las arcas públicas catalanas, y pusieron en marcha su propia versión de lo del árbol y las nueces, echándose en brazos de una fuerza radical como ERC y otra antisistema y de ultraizquierda como la CUP, convencidos de que solo la independencia, por lo civil o por lo criminal, taparía la ciénaga de corrupción e incompetencia en la que chapoteaban. La idea era que el secesionismo más radical tomara la calle para que luego ellos, ante la fuerza de los hechos, consiguieran una independencia pactada.

El problema es que cuando uno ceba en exceso a la bestia, la bestia ya no obedece y se vuelve incontrolable. Y así llegamos a los cachorros de la CUP dictando su ley en las calles de Cataluña, ejerciendo la violencia contra el turismo, el transporte y el orden público, y amenazando a la Generalitat y a quien se le ponga por delante. Y a un Puigdemont atemorizado que empieza a comprender que si un gobernante presume de incumplir la ley, todo está permitido y cada cual puede tomarse la justicia por su mano haciendo lo que le plazca.

Esos repugnantes actos de terror callejero evidencian al menos que lo que se esconde detrás de ese inflamado discurso independentista es solo el más puro y duro fascismo de quienes quieren imponer sus ideas por la fuerza en Cataluña.

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