La idiotez superlativa


Puedo disculpar e incluso comprender los aplausos a los ídolos del deporte, por necios que sean, cuando ejercen su profesión para disfrute del respetable público. Yo mismo lo hago. Veo gambetear al hechicero Messi, el mejor futbolista de los mundos y todas sus historias, y a pesar de saber que me ha robado, me desprendo en frenesí y loas al ídolo. Soy así de idiota. Cada vez que juega mi equipo, que es catalán independentista y porta la estelada como si fuese la banderita de la Panorama o París de Noya, no puedo evitar soliviantarme emocionalmente con su fútbol de golondrinas. Me digo que no, que no debo, que estoy del otro lado, que quieren tronzar el futuro de todos, que son unos inconscientes y unos perversos, pero no consigo desprenderme del afecto que siento por mío Barça. El fútbol es así, un disparate. Lo que no puedo comprender es que se pongan a aplaudir a Messi o a Ronaldo a las puertas de los juzgados. Anteayer lo han hecho con el portugués como antes lo habían hecho con el argentino. Es el aplauso a la propia estulticia: la memez superlativa. Aplaudir al ladrón no tiene años de perdón, es preciso proclamarlo. Porque el refrán es otro. Y los ciudadanos estamos hartos de que nos roben (y que no nos lo devuelvan). Políticos o futbolistas, es lo mismo. ¿O acaso alguien puede imaginar ponerse a aplaudir en sede judicial al casto Bárcenas? Los aplausos del lunes a Ronaldo son balas contra nosotros mismos y contra la propia dignidad. La idiotez superlativa.

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La idiotez superlativa