Mosul, «ubi solitudinem fecerunt»

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Mosul no fue conquistada, sino arrasada. Porque, para diluir responsabilidades, el ejército atacante se dividió en dos unidades diferentes: la que de verdad hizo la guerra, integrada por la tecnología militar de las grandes potencias; y el ficticio Ejército de Irak, que, servido por una inexperta infantería, solo puede ocupar espacios previamente arrasados por bombas y misiles. De esta forma, gracias a la posverdad, los occidentales pueden lavarse las manos, porque no pusieron sobre el terreno ni botas ni banderas; y el ejército iraquí se libra de la muerte, porque la zorza se la pican a distancia y con tecnología militar avanzada. Así se explica este arrase criminal de ciudades y civilizaciones que ha convertido en un erial a Siria e Irak, con un millón de muertos, ocho millones de desplazados y setenta millones de condenados a sobrevivir entre la miseria, el terrorismo y la muerte.

Incapaces de enfrentarnos en serio a esta desfeita cósmica, las opulentas sociedades occidentales nos hemos habituado a envolver nuestra conciencia en un discurso correcto y contradictorio que ayuda a perpetuar la situación. Compadecemos la inmigración mientras nuestros ejércitos la multiplican y nuestras urnas la bloquean. Aceptamos sin piar la letanía de las intervenciones liberadoras, pacificadoras y humanitarias, pero, al no exigir que los ejércitos vencedores asuman el orden, la seguridad y el abastecimiento de las zonas ocupadas, abandonamos a las poblaciones liberadas en manos del terror, de los señores de la guerra, de las mafias, y del caos político y social que todo lo complica.

Fruto de esta improvisación, y de la confusa identificación entre liberación de la gente y la destrucción de sus Estados, cosechamos los desastres de Irak, Afganistán, Siria y Libia; la formación y consolidación del Estado Islámico; la deriva autoritaria de Turquía y Pakistán; los fracasos de las primaveras árabes; el apoyo a las satrapías fundamentalistas de Arabia e Irán; el caos del África subsahariana y el drama de los refugiados y migrantes. El balance de 30 años de intervenciones en Medio Oriente equivale a una guerra mundial cruel y apocalíptica, aunque sin el pobre consuelo del agotamiento simultáneo de los combatientes. Y a estas alturas nadie puede dudar de que el episodio de Mosul no tiene nada que ver con una victoria, sino con una técnica de exportar, perimetrar y limitar el conflicto, basada en una perversa dosificación del caos y la muerte.

Claro que incluso esto es más viejo que andar a pie. Las legiones romanas eran expertas en este tipo de guerras, aunque al final se quedaban y romanizaban. Y Tácito nos hizo el diagnóstico en una frase lacónica e insuperable que parece escrita para nuestros días: «Ubi solitudinem faciunt, pacem apellant» (siembran desolación, y le llaman paz). Un genio, el Tácito este.

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Mosul, «ubi solitudinem fecerunt»