Crisis en España 2: el regreso

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Dice Montoro que aún estamos en crisis. Pero esa afirmación, en forma de jaculatoria, es pura retórica, como una vacuna frente al catastrofismo y el masoquismo que se abatieron sobre la sociedad y la opinión pública española a finales del 2011, y que tanto distorsionaron el diagnóstico y tratamiento de la crisis verdadera.

Pero la realidad es que solo el Gobierno cree en la crisis. Porque si miramos las actitudes de los españoles, el gasto familiar, los consumos de alto coste, los beneficios empresariales, los signos externos y la agenda política y mediática, España es un país próspero y feliz. La agenda política nos muestra una oposición que, ajena a los grandes problemas que otrora denunció -paro, miseria, desahucios, niños hambrientos, desigualdad y colapso y privatización de los servicios públicos esenciales-, solo se dedica a asediar al PP; bloquear la actividad legislativa; apoyar los brotes de conflictividad laboral o social que se detectan; montar comisiones de investigación que, a rebufo de los jueces, tratan de multiplicar la sensación de escándalo y corrupción generalizada; reprobar ministros; y, dando aire a cualquier trámite comunitario que pueda humillarnos -investigación del Alvia, inmigración o liquidación bancaria- recordarle a los españoles que en Europa es oro todo lo que reluce, mientras aquí es porquería -bañada en purpurina- todo lo que parece relucir.

Pero la guinda de esta disparatada agenda, integrada por frouma, hojarasca, castañuelas y sarpullidos, es el procés, cuya esencia consiste en que una de la regiones más ricas y autónomas de Europa, tantas veces beneficiada por el proteccionismo del Estado y por los monopolios interiores, se ha declarado víctima de sus vecinos, y exige rupturas o privilegios acordes con la historia que se inventaron y con el acoso imperial que dicha historia nos cuenta. Y ese es -¡hale hop!- el gran problema de España, que no tiene nada mejor que hacer que montar un juguete -la plurinacionalidad monosoberana- para que Cataluña se sienta «encajada» en su Estado de siempre.

Por eso quiero desmentir al Gobierno y a la oposición recordando que, si bien es cierto que la crisis económica se ha perdido en lontananza, España sufre otra crisis, la Crisis 2: el regreso, derivada de una pequeña infección convertida en gangrena, y que, a pesar de su buena salud digestiva, neuronal y vascular, parece estar abocada a una amputación traumática o a un colapso sistémico que la liquide. Por eso les sugiero que disfruten intensamente este verano. Porque, aunque corremos un grave y estúpido peligro, todo apunta a que el desastre lo va a producir una enfermedad leve que no queremos curar. Y a eso se le llama derecho a decidir cómo, cuándo y con cuánta dignidad queremos espicharla. Porque los españoles somos así, y, cuando nos ponemos, nos ponemos.

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