Veinticinco años


Este 2017 está siendo un año de aniversario para muchos centros escolares, redes de bibliotecas, ambulatorios y hospitales, y hasta paseos marítimos y palacios de congresos. Un cuarto de siglo de unas dotaciones de servicios públicos que ilustra como pocas cosas lo acertado que estuvo Alfonso Guerra cuando dijo aquello de que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió. Aquel año 92, con la democracia a punto de cumplir la mayoría de edad -al menos la cronológica-, marcó quizás de forma simbólica la inauguración de la modernidad. Más allá de la fastuosidad de la Expo de Sevilla o de las Olimpiadas de Barcelona, muchas ciudades y pueblos empezaban a ver los frutos de un nuevo urbanismo y nuevas políticas culturales y sociales.

El grifo de los fondos europeos brotaba a chorro y aunque ahora, pasado el tiempo, se aprecia mucho gasto suntuario, la distancia y los aniversarios permiten comprobar que aquel camino de la convergencia no fue todo derroche. Tal vez nos creímos más ricos de lo que realmente éramos y el sopapo de la crisis nos pilló con unos cimientos algo endebles. Pero Galicia, que partía en el grupo de las regiones más empobrecidas, inició en aquella época una transformación que continuaría en los años siguientes -singularmente en los de los gobiernos de Fraga- con el diseño de una red de carreteras que contribuyó a destrozar uno de los tópicos más arraigados sobre el atraso del país.

Que se estén celebrando ahora los 25 años de muchas de esas infraestructuras quiere decir que para una buena parte de la población siempre estuvieron ahí. Y conviene recordar que no. Sobre todo a quienes cada mañana se creen pioneros de todo.

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