De Carrero Blanco a Miguel Ángel Blanco

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Si no fuésemos más fariseos que Caifás, tendríamos claro que ETA se coló en nuestras conciencias disfrazada de movimiento antifranquista, y que, gracias a la confusión que produjo el cruce entre la dictadura decadente y la modernidad emergente, logró hacer compatible el terrorismo totalitario con el despertar de un pueblo que solo aspiraba a vivir en democracia. Solo así se pueden explicar las cosas que decíamos en la universidad, y entre las líneas de los periódicos, durante el proceso de Burgos, donde empezó a fraguarse la épica de los gudaris generosos que alimentó las películas y los relatos que mintieron sobre la transición.

El punto culminante de aquella degradación de la opinión pública fue el asesinato de Carrero Blanco, cuando ETA ganó la vitola de forzar una transición irreversible, y cuando sus crecientes y selectivos asesinatos eran siempre analizados en términos políticos. Y en esto pasaron 30 años, entre 1967 y 1997, hasta que, en medio de una espiral de sadismo, tiros en la nuca y bombas indiscriminadas, mataron a sangre fría y con estilo mafioso a Miguel Ángel Blanco. Ese día se plantó, de puro asco, el pueblo de Ermua. Y fue en ese plante cuando percibimos hasta qué punto habíamos sido comprensivos y ambiguos frente a ETA, y qué nivel de riesgo habíamos asumido por miedo a enfrentarnos a los criminales y a su nauseabunda retórica.

Desde entonces, tras abandonar las ambigüedades y los sesudos análisis sobre el encaje de Euskadi en España, vencimos a ETA. Pero, si somos sinceros, nos daremos cuenta de que Ermua sirvió -algo es algo- para hacer borrón y cuenta nueva, pero no para hacer examen de conciencia, asumir nuestro imperdonable error colectivo, y sacar enseñanzas útiles para superar el miedo a la verdad y para no caer en la tentación de ceder en todos los terrenos -jurídicos, políticos, culturales, históricos y democráticos- con la vana esperanza de que la rutina consuma los procesos y nos evite enfrentarnos a ellos. El error de elucubrantes cobardes que hemos cometido con ETA sigue sin ser reconocido, a pesar de que tiene en su haber una parte de los muertos y del inmenso dolor y desorden que incrustó la banda en la España de hoy.

Por eso no estamos sanos ni sabemos comportarnos. Y por eso, descendiendo mil escalones en el dramatismo del caso, hemos afrontado el desorden catalán desde los mismos postureos y ambigüedades de entonces. En los dos casos se acusó al PP de lo mismo: de enarbolar un legalismo y un sentido común inflexibles que le daban alas a ETA e independentistas al procés. Y la dura lección es que en ambos casos tenía más razón y más grandeza el PP que los demás. Por eso tampoco vamos a rectificar ahora hasta que vomitemos de asco, limitándonos a hacer otra vez borrón y cuenta nueva, y sin reconocer jamás que nuestra cobardía nos hace equivocarnos.

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De Carrero Blanco a Miguel Ángel Blanco