La buena educación gallega


Hace más de tres décadas que ejerzo como funcionario de Educación. A lo largo de los años he observado tantas mejoras que escribirlas en el espacio de esta columna sería insuficiente. También he visionado dos involuciones. Una permanente y contra la que se ha hecho muy poco: la politización educativa. Otra de índole intelectual: hemos marginado las Humanidades hasta el paroxismo, y nos equivocamos. Estas dos taras, pese a todo, no me hacen sentir pesimista. Y digo tal porque la educación gallega posee la mejor herramienta: un profesorado capaz y entusiasta.

Intentaré argumentar mi aserto. Como decía al comienzo, soy un veterano. Conozco la educación desde dentro. He ejercido como profesor desde los primeros años (infantil y primaria) hasta la universidad, donde imparto cursos relativos a la literatura. También conozco a los docentes, porque a día de hoy ejerzo como asesor de formación del profesorado, una actividad trascendental que se ha optimizado con la creación del CAFI (Centro Autonómico de Formación e Innovación). Esto me lleva a emitir juicios desde dentro, como decía, y no desde fuera. Quizá ese sea un problema añadido a los citados anteriormente: se habla demasiado sin conocer exhaustivamente de lo que se habla. Pocos profesionales ejercen su labor con tanta entrega como los docentes gallegos. Los he visto formarse en fines de semana, llevarse su trabajo a casa cada día y sentir que cada fracaso con un alumno es su propio fracaso. Son ejemplares. Y son escasamente valorados socialmente. No obstante, nadie les arrancará su vocación, que permanece a pesar de haber sufrido numerosas leyes educativas que responden, mayoritariamente, a intereses políticos. He aquí la herida. Y contra ella me posiciono sin titubeos. Porque hasta que no consigamos una ley consensuada e inteligente, de miras altas, esta circunstancia nos limitará.

Estos días la buena educación gallega sufre otra de sus cicatrices: la protesta injustificada y política. La llevan a cabo afectados por el traslado de unos alumnos a otro colegio. Son de As Pontes y llegaron ayer caminando a A Coruña. Gritaban que no querían ver cerrado el CPI Monte Caxado. Y, como tal, no se cierra, solo se cambia de función educativa: en él seguirán los alumnos de infantil y primaria, mientras que los de secundaria se trasladan a un centro contiguo. Esa es la verdad. La misma que estaba detrás de la nueva planificación de centros de O Porriño y Ribadavia. No se clausuran aulas ni colegios, eso fue lo que ayer dijo el conselleiro en sede parlamentaria. Pero no importa, dijese lo que dijese la sentencia está echada porque la sentencia es política: en la consellería manda el PP y en los ayuntamientos citados, el PSOE. No se despolitiza la educación, esa es nuestra desgracia.

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