Cuando España promovía la deslocalización

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El salto adelante en la industrialización de España se dio en los sesenta, con el Opus infiltrado en la oprobiosa, y teniendo que simultanear acelerados procesos de urbanización, reciclaje de trabajadores, construcción de infraestructuras viarias y energéticas, y otras cosas que aquí no cabe recordar. Nuestro PIB crecía entonces por encima del 10 % anual, y nos convertimos en la décima potencia industrial del mundo y en un país de clases medias.

La clave de tal prodigio fueron las deslocalizaciones de la industria europea y americana, que, aprovechando los bajos costes laborales y otras oportunidades estratégicas, levantó las grandes fábricas de entonces, que siguen siendo las grandes fábricas de hoy. Automoción, equipamientos domésticos e industriales, farmacéuticas, alimentación, productos químicos y metalúrgicas, cambiaron el panorama del país, y rediseñaron un mapa industrial que solo tenía dos zonas privilegiadas, sostenidas con monopolios, mientras el resto producía trigo y remolacha. La España de hoy, dinámica e innovadora, es hija de aquella deslocalización. Y si renunciásemos a ganar la guerra ochenta años después de acabada, podríamos aprender mucho de una historia que ni empezó ayer ni estuvo desenchufada entre el Cid y Zapatero.

Pero el más grave error es creer que la llegada de la industria se basó exclusivamente en los bajos salarios. Lejos de eso, la España de entonces expansionó la universidad y la formación técnica en proporciones inimaginables, fundó el sistema sanitario moderno, estableció modelos de generación y distribución energética que eran inéditos, garantizó suministros de agua -¡hacíamos chistes con los pantanos y del PPO!- a ciudades, fábricas, turismo y agricultura, y generó suelo industrial suficiente para crear núcleos industriales en Madrid, Valladolid, Sevilla, Valencia, Avilés, Vigo y muchos otros.

Todo eso nos llevó a creer que la Citroën es una empresa gallega, que SEAT surgió de la laboriosidad catalana, y que la metalurgia vasca siempre fue competitiva, hasta el punto de olvidar que la deslocalización es una historia cíclica que solo aprovechan los que la saben gestionar y naturalizar, y los que, mediante políticas industriales de gran dinamismo, reducen la participación de los salarios, la energía, la ecología y los terrenos en los costes generales de producción.

De esto, en Galicia, no sabemos nada. Y la única defensa que levantamos contra el segundo ciclo de deslocalización es un trasnochado proteccionismo, sin jugar audazmente a que quieran y puedan quedarse. Por eso es comprensible que algunas empresas emigren a países gobernados con más sentido, donde el trabajo se aprecia más que la jubilación y el empresario no es el eterno enemigo. Porque pasar hoy de una a otra orilla del Miño significa una diferencia abismal en la cultura industrial.

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