Tras una mala primavera, peor verano espera


Director del Ibader (Instituto de Biodiversidad Agraria)

Durante siglos Galicia ha estado bajo un clima de carácter templado con una férrea estacionalidad. Pero en las últimas décadas las nieves se han hecho cada vez más extrañas y las heladas de otoño e invierno han sido más permisivas para el desarrollo de muchas especies, propiciando un alocado adelanto de su floración. Este lujurioso desarrollo vegetal fue interferido esta primavera con un cruento episodio de heladas que aniquilaron cultivos y dañaron la vegetación espontánea. El régimen de lluvias se muestra igualmente anómalo: inviernos poco lluviosos se continúan con primaveras y veranos secos, pero en los que no son extraños los episodios de lluvias torrenciales. Las consecuencias de estos cambios se viven con temor en las explotaciones agrícolas, pero son también temidas por los gestores de las áreas urbanas.

La fragilidad de nuestros humedales ante el cambio global se ve agravada por la contaminación difusa, cada vez más generalizada dado nuestro desordenado patrón de ocupación del territorio, con un cóctel de aguas industriales, negras y grises sazonadas con biocidas, antibióticos y superbacterias. Los humedales, y especialmente los corredores fluviales, son incapaces de mitigar estos contaminantes, ya que su funcionalidad se encuentra mermada por la desidia de quienes deberían garantizar su conservación, y han tolerado su fragmentación y destrucción, cuando no su invasión por especies exóticas. El negacionismo del cambio global, defendido con pocas luces por Trump, es una excusa para seguir aferrados a un modelo de explotación insostenible. Que a menor escala es igualmente visible cuando nuestros munícipes se empeñan en promover actividades de uso público en las áreas más sensibles de nuestros ríos o permiten la plantación de eucaliptos en brañas y lagunas. Ambos planteamientos responden a una misma irracionalidad, sustentada en la incapaz de comprender los servicios que nos prestan los ecosistemas.

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