Cataluña: el lento diseño de una traición

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No voy a insistir en lo evidente: la pretendida base jurídica sobre la que el secesionismo ha montado su golpe de Estado es un dislate formidable teorizado por juristas corruptos y tontos de remate: todo es ilegal y delictivo, todo apunta a una crisis constitucional sin precedentes en la Europa democrática y todo conduce a una gravísima quiebra de la convivencia en Cataluña de la que el nacionalismo es el único culpable.

Tal monstruosidad se sostiene además sobre una red nauseabunda de patrañas. José Borrell y Joan Llorach desvelaron la inmensa bola del «España nos roba», supuesta justificación económica de la independencia, en Las cuentas y los cuentos de la independencia (Libros de la Catarata, 2015). Y quien esto escribe cree haber hecho lo propio ante la desvergonzada farsa política que supone vincular, en relación de causa a efecto, la sentencia del Tribunal Constitucional (TCE) sobre el Estatuto (un pellizco de monja en realidad) y el referendo secesionista. En mi libro El laberinto territorial español (Alianza Editorial, 2014) dejo constancia de las numerosas resoluciones del Parlamento catalán que ¡desde 1989! -mucho antes, por tanto, de la sentencia estatutaria- exigían ya la celebración de un referendo de autodeterminación.

No, ni «España nos roba», ni «España recorta nuestra autonomía». La verdadera realidad es muy distinta: la del nacionalismo que, con la falsaria careta de la lealtad institucional, trabajó desde la puesta en marcha del Estado autonómico en la construcción nacionalitaria: el cínico fer país. Y así, mientras Pujol dirigía el cotarro y montaba presuntamente para enriquecerse un grupo criminal con su familia, el nacionalismo utilizaba todo su poder para desprestigiar la idea de España y fortalecer la de una nación catalana imaginaria, utilizando como principales instrumentos de manipulación la lengua, la educación y la cultura.

Esa es la historia. Ni agravios, ni ofensas, ni saqueos. Solo la buena fe de un país entero, incluida más de la mitad de Cataluña, que creyó ingenuamente que el nacionalismo era leal mientras crecía el huevo de la serpiente de la secesión sin que nadie hiciese nada, incluso cuando el engaño fue evidente. Tan escandalosa impunidad explica, de hecho, el grado de insolencia temeraria al que ha llegado el independentismo, convencido de que puede ciscarse en la Constitución, violar las leyes, organizar un referendo delictivo y declarar la independencia a lo golpista en un Estado de derecho en la Europa del siglo XXI sin que le paren los pies como es debido y de inmediato. Solo el que imaginen que es posible tal locura da idea del deterioro que por culpa del nacionalismo y de sus cómplices ha sufrido nuestro Estado de derecho, que encarcela sin contemplaciones a un alcalde que ha recibido dos botellas de vino de regalo mientras se muestra incapaz de chistarle a quienes llevan años organizando una sublevación que podría acabar en una auténtica tragedia.

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