¡Feliz victoria, Soraya!

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Si un millón de personas se manifiestan -por ejemplo- contra los okupas, sería absurdo decir que la protesta fue un fiasco porque no acudieron 45 millones de españoles. Si la procesión LGTBQI reunió en Madrid otro millón de personas, nadie debería considerarla irrelevante porque la mitad eran turistas y otros 45 millones se quedaron en casa. Porque, cuando una concentración social va contra la norma, los usos asentados o la invisibilidad de una situación, no se calibra su importancia contando a los que no van, sino a los que van.

Pero este elemental raciocinio carece de importancia para el superdotado círculo de la vicepresidenta Soraya, a quien le parece que el proceso catalán está fracasando porque solo lleva cuatro años aguantándole el pulso a los tres poderes del Estado; dominando a placer un Parlamento insurrecto que legisla impunemente contra la Constitución y las leyes; poniendo las instituciones del Estado en Cataluña al servicio de un independentismo decimonónico, irracional, antieuropeo y antehistórico; y haciendo que a los catalanes les sea imposible saber si tienen un comportamiento institucionalista, al lado de sus autoridades, o son unos gamberros insurrectos contra su democracia y su Estado.

A Soraya le parece que Puigdemont va perdiendo porque «solo» 500 alcaldes apoyaron el referendo ilegal; porque -aunque logró imponer su lenguaje de equivalencias entre Cataluña y España, y su irritante división entre una Cataluña danesa y una España magrebí- no consigue adjudicar la compra de urnas; porque el quinquenio de desorden jurídico, político y social que los españoles llevamos a cuestas va a embarrancar cuando se acerque el referendo; y porque, aunque es evidente que nada se va a solucionar, habrá una tregua purulenta e insoportable hasta que la insufrible carraca nacionalista vuelva a contaminar con sus giros la política española.

Y a Soraya también le parece que es ella la que va a triunfar porque este disparate -tan humillante y dañino para el país- está abocado a un referendo chapucero y a una desbandada final que ella interpretará como una victoria y Puigdemont como un reparto de puntos entre David y Goliat. Y todo porque, al contrario de lo que sucede con los yihadistas radicalizados, con los conductores borrachos o con los maltratadores, cuyas intenciones o imprudencias se convierten en gravísimos crímenes, los delitos contra la integridad y el buen orden del Estado no se pueden perseguir: antes de los hechos porque no hay hechos -¡vaya payasada!-, y después de los hechos porque los presuntos delincuentes se transforman en héroes efectivos.

Pero Soraya cree que va ganando, porque Puigdemont solo logró poner al 45 % de Cataluña en contra de la ley y del Estado, mientras el 55 % restante se preguntan atónitos quién manda aquí. ¡Feliz victoria (pírrica), Soraya!

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¡Feliz victoria, Soraya!