Como si un niño se enfada con papá

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La primera experiencia política de un niño se produce poco después de los dos años, cuando empieza a ser autónomo y a expresar deseos y sentimientos. Y el contexto de esa experiencia suele ser el salón de la casa, cuando el niño está embebido con sus taquitos de plástico haciendo torres y casitas. De repente se para y dice: quiero merendar. Y el servicio gratuito de bienestar familiar le ofrece un yogur, un plátano y un trocito de chocolate. Terminada la merienda el niño deja tirado el vaso del yogur y la piel del plátano, y, con los deditos manchados de chocolate, vuelve a jugar. Pero en ese momento aparecen en su vida, disfrazados de papá, la autoridad y el orden público, invitándole a llevar los restos al cubo de reciclaje, lavarse las manos y regresar al juego. Tras un intento de rebelión que resulta infructuoso, el pobre niño se da por enterado de que ya está rodeado de política -o socialización avanzada- para el resto de su vida. Y tras hacer lo que tiene que hacer, so pena de sanción inmediata -porque este niño de mi ejemplo no es catalán independentista- se encara con su papá y dice: «Ahora no te quiero». Y desde ese momento ya sabe en qué consiste legislar, gobernar, obedecer, indignarse y, sobre todo, reprobar a la autoridad competente. 

Pablo Iglesias -el que subyuga a todas las confluencias explícitas e implícitas- aún es un joven inexperto dentro de la familia española. Le gusta jugar imaginando castillos y dinosaurios. Y le da la tabarra a la autoridad que le brinda todos los medios materiales e inmateriales que su proyecto vital necesita. Pero de vez en cuando sucede que le obligan a recoger los juegos y a cumplir sus deberes. Y es entonces cuando el niño Iglesias se encara con Rajoy y le dice: «¡Pues ahora no quiero a Montoro, ni a Catalá, y, si un día me apoyan mis hermanos, tampoco te voy a querer a ti!». En eso consisten la reprobación de los ministros y las mociones de censura improvisadas, cuyos efectos son, de acuerdo con la ley, muy parecidos a los que produce el bebé cuando no quiere a su papá.

La moraleja del cuento es que nada de esto es importante mientras el papá no se derrumba. Mientras sigue trabajando, escolarizando al niño, llevándolo al médico, pagando la calefacción y ayudando en las labores de casa. Porque si la reprobación se hipertrofia, y se convierte en rutina, y al papá le entra la depre, se produce una crisis desastrosa, que ya no tiene solución sin la ayuda de los abuelos pensionistas. Lo mismo que pasaría en España si Rajoy se harta, se pasa las tardes leyendo el Quijote, y deja que el niño reprobador se ponga al frente del negocio.

En política vale todo, incluso jugar, mientras el viento sople y algunos palos aguanten sus velas. Y nada se entiende mejor que la propia política, en todos sus niveles, cuando se explica así, con sabias parábolas.

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