¡Reprueba, español, que nada queda!


Dado que la Ley de la Memoria Histórica nos permite reescribir la historia de los sesenta y los setenta, hasta dejarla irreconocible para la madre que la parió y para los que vivimos en ella nuestra alegre juventud, me atrevo a sugerir que borremos del escudo de España el famoso Plus Vltra -que suena a franquista, o católico, o de «Isabel y Fernando el espíritu impera»- para sustituirlo por el título de este artículo. La razón de tal cambio es que, además de servir para aumentar el desprecio histórico que retroalimenta nuestras frustraciones, creo que conecta mucho mejor con este período de indignación general, protagonizado por la gente y agitado por los líderes del populismo, y exalta la estéril y radical regeneración en la que nos hemos embarcado.

 La tarea central de nuestra política, activada desde los tres poderes del Estado, consiste en imputar, investigar, sospechar, acusar, difamar, cocer ministros en su propio jugo y montar escandaleras de cartón piedra, para acabar después en resoluciones tan reconfortantes como las de convertir en solemnes mamarrachadas las instrucciones de los casos Guateque y Mercasevilla, que en conjunto representan 14 años de instrucción, 6 docenas de imputados, 492 investigados, 35.472 horas extras de la Guardia Civil, 6.327 hectáreas de bosque talado para fabricar el papel que jaleó a los instructores e investigadores, y 46.500.000 caras de parvos que se nos quedaron a los curritos que hemos pagado estas fiestas de limpieza y moralidad que pone los pelos de punta.

La moda de ahora, la tarea que más ocupa a nuestros políticos y representantes, es reprobar -en persona o en efigie- todo lo que se mueve, y, en los ratos libres, demoler el aparato normativo que nos permitió frenar la caída y salir de la crisis, para poner en su lugar un pavoroso vacío que desnorta a las Administraciones y debilita el tronco institucional del Estado. ¿Y a quién reprobamos? ¿A Mas y Puigdemont? ¿A Forcadell y Romeva? ¿A Junqueras y Munté? Pues no. Porque esos benéficos señores solo tiran contra la corrupta legislación tardofranquista rescatada -por cobardes e ignorantes- durante la Transición. Lo que reprobamos, básicamente, son ministros, fiscales, consejeros, alcaldes y gente así, que después siguen en sus puestos, gobernando, pero oliendo a chamusco, que bien merecido lo tienen.

Los clásicos aconsejaban difamar, convencidos de que una mala digestión -¡calumnia, que algo queda!- siempre deja, a modo de regalo, la halitosis. Pero yo, más moderno, les invito a reprobar. Reprobar ministros por docenas, ayuntamientos enteros, diputaciones, parlamentos, servidores del Estado y curas católicos. Porque esta lúdica actividad nunca deja huellas tras de sí. Salvo algunos ejecutivos que siguen gobernando, y algunos sumarios espectaculares que quedan archivados en el contenedor de reciclaje.

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