¿Ya no es país para tibios?


Durante mucho tiempo en la vida y en la política se valoró sobremanera el equilibrio, el punto medio, lo razonable y lo posible.

Fueron los tiempos en los que los partidos socialdemócratas conectaban de manera natural con buena parte de la sociedad, pero la globalización y la crisis que atraviesa Europa desde hace unos años hicieron volar por los aires aquella conexión. En su lugar emergieron nuevos partidos que buscaron fama y fortuna con planteamientos más extremos. Su eclosión, a caballo del viejo populismo de inspiración latinoamericana, coincidió con el auge de las redes sociales, extraordinario vehículo para la propaganda y donde no suele haber sitio para el debate profundo, sereno y sensato. En ellas lo más fácil es retratar el mundo en blanco y negro, formular adhesiones inquebrantables, declarar guerras eternas y bloquear al comentarista incómodo y que no muestra carné de partido. No son país para tibios, pero sí para que tirios y troyanos se arrojen los trastos a la cabeza. El mejor ejemplo es Trump.

Con la perspectiva de los años, tal vez haya en el futuro un historiador que, al explicar esta era, sitúe como puntos culminantes el brexit y la elección del presidente de EE.UU. Y quizá tenga que escribir que en enero del 2017 comenzó la caída de estos extraños fenómenos que, como la revolución rusa que retrató John Reed hace casi cien años, conmovieron al mundo, pero no parece que tengan su mismo calado. Solo hay que ver como sufre el magnate lenguaraz que quiere matar a la prensa. Y como el partido xenófobo UKIP se quedó fuera de Westminster. Hay esperanza.

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