Lo viejo florece y lo nuevo enmohece

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Si nos ofreciesen cambiar el Congreso que debatió la censura de Podemos, trufado de pluralismo y nueva política, por el histórico Congreso que elegimos hace hoy 40 años, para redactar la Constitución, reconciliar a los españoles y poner en marcha una democracia clásica, sin jaujas ni genialidades, el 95 % de los españoles aceptaría el cambio con los ojos cerrados. Y, lejos de sentirnos obligados a impostar nuestra indignación y nuestros complejos, por creer que vivimos en un país cuya preciosa historia se cortó -como la mayonesa- hasta resultar intragable, volveríamos a hacer política inteligente e ilusionada, con la sensación de habitar un país cada día mejor, y con disponibilidad para consensuar las políticas que hicieron posible la España de hoy. 

Pero, por culpa de un meigallo que aprovechó la crisis para poseernos, ni España ni los españoles podemos disfrutar ahora de aquella buena racha de historia que llamamos transición. De la España unida en torno a un proyecto de Constitución democrática hemos pasado a la España plurinacional, o a la débil nación cuyas nacionalidades le han presentado una OPA hostil, que va camino de acumular más constituciones, ejércitos, fronteras, ministerios de exteriores y políticas sociales que el resto de Europa. De aquel modelo Westminster, con un fecundo y estable bipartidismo imperfecto, que tuvo inteligencia y arrestos para descentralizar España y hacerla respetada en Europa, hemos pasado a una macedonia de independentismo, populismo, movimientos antisistema, pipiolismo y desorientación, que desestabiliza el país, bloquea la gobernación, e infantiliza la agenda política, hasta hacernos desconfiar y dudar sobre si tenemos o no tenemos remedio, si existimos como país o hemos abortado, y si nos mola más la Alemania de Merkel o la constitución popular de Maduro.

Y todo esto se debe a que, mientras la transición se hizo por y para una España real, con ansias de libertad, progreso y bienestar, el actual acoso a la España de 1977 se proyectó sobre una España irreal, sobre un relato estrafalario que nos degrada y despista, y sobre un pésimo diagnóstico que nos propone curar la diabetes con bombones y la tensión con galletas saladas. Lo único que iguala los dos momentos -el de 1977 y el del 2017- es que en ambos estamos todos comprometidos, aunque el mismo pueblo que antes apostó por el sentido común, el trabajo y el consenso, apuesta ahora por la jauja presupuestaria, la indignación ofuscada y el particularismo suicida, o por convertir la política en un pulso entre poderes que esclerotiza el sistema. Por eso digo que sobre lo viejo brotan las flores, y que la nueva política ya está enmohecida. Un problema que no se podrá resolver si el sabio pueblo -hoy desorientado y desafecto- no recupera los buenos hábitos y valores que tan felices nos hicieron.

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Lo viejo florece y lo nuevo enmohece