La inmoralidad del lenguaje no sexista


El maestro Borges decía: «En la Argentina el castellano fue gradualmente reemplazado por el francés; el francés por el inglés, y el inglés por la idiotez». Era un hiperbólico el maestro. Pero la intención de su proverbio no resulta baladí en estos tiempos de «compañeros y compañeras, todos y todas»: la expresión fabulosa con las que nos despertamos durante todas las primarias de Sánchez.

La sentencia borgeana viene a significar que la propensión a trocar el lenguaje deviene en ocasiones en un sinsentido asumido por numerosos individuos y, también, grupos sociales. Aquí sufrimos una anglofilia de la que no cabe escapar. Yo lo intento, pero no lo consigo. Sin inglés no vas a ninguna parte, dicen. Yo creo que sin leer a Cervantes, Virgilio o Kafka, tampoco. Solo he puesto tres ejemplos. Podría incluir cientos. No es esa la intención de este artículo, sino significar que estoy harto. Y tras las primarias, más. Entre los trabajadores y trabajadoras, alumnos y alumnas, niñas y niños, mozas y mozos me han vapuleado. Todas y todos han lacerado mi intelecto, cada vez más fatigado de gritar en este desierto donde la corrección política imperante se ha convertido en un dogma. Qué digo dogma, en un cesarismo totalitario (disculpen el pleonasmo), sin más.

No es la primera vez que escribo del asunto. Por lo tanto, no me detendré en consideraciones gramaticales, ni hablaré del masculino genérico, ni de la economía del lenguaje. Eso ya lo he hecho en otras ocasiones. Hoy toca señalar que intentando algunos (y algunas) ser más feministas que las más feministas, perpetúan exactamente lo contrario de su objetivo. Digo que repitiendo el sintagma «todas y todos» constantemente, lo que señalamos son los propios límites y la autoexclusión de lo femenino. Digo que no hay nada más excluyente que eso que denominan lenguaje inclusivo o lenguaje no sexista: una marca de identidad ideológica y poco más.

Centrémonos en lo que interesa y dejemos que el lenguaje, que es un ser vivo, construya su propio camino. Preocupémonos de que no le llamen nenaza a aquel que llora. Ni pensemos que femenino es un adjetivo peyorativo. Ni mucho menos consideremos que la palabra mujercita denota debilidad. Combatamos en ese campo de batalla. Por no señalar lo más perentorio: que la mujer posea la misma igualdad de oportunidades que el hombre, que no cobren menos en sus empresas, que puedan acceder a los altos cargos en función de sus capacidades y no de su sexo.

He señalado muchas veces, y lo reitero, el daño que lo políticamente correcto está infligiendo a la sociedad en general y a la política en particular. Y digo más: el daño que está ejerciendo sobre las artes o la literatura. Hace años que me hartan las etiquetas femeninas: la literatura de la mujer, la feminista, la inclusiva, transversal… eso es lo que están leyendo la mayoría de nuestros hijos. Y digo hijos a sabiendas de que en tal sintagma se incluyen las hijas. No al revés. Porque escribiendo «la mayoría de nuestras hijas» excluiría a los muchachos. ¿Entienden? Lo inclusivo deviene en exclusivo. Lo políticamente correcto llega a ser inmoral.

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