Empate técnico en la justa del PSOE


Lo que le pasa al PSOE -combatir a vida o muerte consigo mismo, ¡y empatar!- solo puede deberse a tres causas desgraciadas: a una fatal conjuración de los dioses contra sus 130 años de historia; a una estupidez supina que impide a dirigentes y militantes ver un burro a tres pasos; o a una combinación de ambas cosas, que equivale a un suicidio lento e inexorable. 

Salvo un milagro, que el artificioso laicismo del PSOE también hace imposible, los militantes que acudan mañana a las urnas, para escoger si se encaminan hacia la debacle final por la vía oficialista o la populista, van a propiciar el peor de los resultados que cabía esperar de este sádico viacrucis en que han devenido las primarias: un empate técnico que, bajo la apariencia de una victoria pírrica de cualquiera de los dos gladiadores -el gladiador o la gladiadora, diríamos en jerga socialista-, va a dejar al PSOE sumido en la división, la impotencia, la confusión ideológica y el desnorte político absoluto.

¿Y quién tiene la culpa? No la tiene Sánchez, como es evidente, que desde el principio va a lo suyo, dispuesto a truncar la trayectoria del PSOE a cambio de pasar unos días en la Moncloa y formar parte de las galerías de presidentes del Gobierno de España durante todos los siglos que le resten a nuestra maltratada historia. Tampoco la tienen los militantes, que deslumbrados por un sistema de primarias presentado como el bálsamo de Fierabrás aceptaron dirimir sus penas en una contienda en la que solo pueden escoger entre lo peor y lo pésimo. Y por eso hay que decir que la culpa la tienen, por este orden, la gestora y sus mentores, y doña Susana Díaz.

No es posible que, después de 130 años de experiencia -que incluye catástrofes electorales, semanas trágicas, guerras civiles, transiciones, cambios de régimen, éxitos gloriosos e infantilismos populistas-, los rectores de la gestora no sepan aún que no se puede dar un golpe de partido, y destituir con vergüenza a su secretario general, para dejar que la salida de esa crisis quede encomendada a una regeneración espontánea en la que todos los errores se convierten en principios y todos los problemas se definen como soluciones. Esta vez hay que criticar a Fernández y los suyos, que, fuertemente acomplejados por una decisión que no supieron gestionar, pretenden legitimarse matando su propio invento, y dejando al PSOE a los pies de los caballos.

Y la otra culpable es doña Susana, que además de jugar al sebastianismo, y encomendar su futuro a una utópica proclamación salvífica, llegó tarde a todas las citas estratégicas, improvisó su magro discurso, y encomendó la regeneración a cuatro simplezas mal hiladas que nada añadieron a este escenario de desencuentros. La víctima, obviamente, es España, cuya crisis de fondo se identifica, hoy por hoy, con la crisis acelerada del PSOE.

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