Qué ricos somos y qué pobres parecemos


Cuando se aproximan elecciones, o investiduras, o la posibilidad de que un aquelarre populista asalte el poder, se desata sobre España una letanía de desgracias que, para justificar la subversión del sistema, describen el país como un valle de lágrimas. Mientras la jovialidad y el bienestar pasan a convertirse en un perverso trampantojo manipulado por el Gobierno, la banca y Merkel, los salvadores de la gente real, extraña mezcla de cooperantes y franciscanos, empiezan a recitar sus desgracias con el monocorde bisbiseo de un velatorio: los niños pasan hambre; los empleos son precarios y abusivos, y las familias numerosas o compuestas por ancianos son desahuciadas por jueces sádicos a las órdenes de los banqueros.

Las casas están frías; los pensionistas tienen que alimentar a hijos y nietos, y los jóvenes -que, a pesar de estudiar en cutres universidades, son talentudos y deseados por la pérfida Albión- emigran sin retorno. Los enfermos no caben en los hospitales, y a los emigrantes los echan de las urgencias. Mientras las vacunas preceptivas se pudren en los ambulatorios, nadie importa las carísimas vacunas de última generación que recetan en el periódico los cuñados de los enfermos. Todo el país se cae a pedazos, Y huele mal. Y solo se dedica a corromperse, a los toros, y -¡despreciando la sagrada laicidad que nos invade!- a las procesiones de Semana Santa, a las ofrendas florales a la Virgen y a las fiestas patronales. ¡Qué desastre!

Pero este caos monumental cesa cuando, instalados en sus escaños, y tras la inevitable investidura, se dedican sus señorías a lo que de verdad les gusta. ¿Y qué les gusta? Hacer secesiones e inventar Estados; recusar ministros y fiscales, que luego no cesan, para demostrar que el Gobierno está en minoría; derogar leyes que siguen vigentes; hacer comisiones de investigación como si fuesen fiestas gastronómicas, y evitar el consenso presupuestario para favorecer el clientelismo y el chantajeo indecente. También les gusta flirtear con los estibadores, programar censuras que no pueden prosperar; pasar media legislatura haciendo primarias y debates que abocan al «no es no»; desenterrar a Franco -con lo que nos costó enterrarlo- para volverlo a sepultar; tratar de confiscar la mezquita de Córdoba y la vieja catedral de Zaragoza; desaforar aforados; cesar preventivamente a políticos y gobernantes, y derogar la Lomce sin tener ningún consenso alternativo.

De reformar las pensiones, o de la financiación autonómica, o de Europa, o de tantas miserias antes advertidas, nadie se ocupa. Porque la realidad de España es así: denunciar que somos pobres, y gobernarnos como ricos. Inútilmente, estúpidamente, cansinamente. Convirtiendo el Parlamento en un circo para que el Gobierno no pueda gobernar. Porque ¡qué ricos debemos ser, y qué pobres nos hacen parecer!

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