Vivir solo, morir solo


Leo con sorpresa en este diario que 126.000 mayores de 65 años viven solos en aldeas y ciudades de Galicia. Viven acompañados de sus recuerdos, disfrutando del paisaje enmarcado en sus ventanas, añorando los tiempos idos, echando de menos el abrazo de un amigo, de un familiar, a los hijos que viven fuera. Establecen rutinas que van acompasando los días, la televisión y la radio, la lectura matinal del periódico, la partida de cartas vespertina, la conversación con los amigos, la visita periódica al ambulatorio, la espera de la muerte…

Son camaradas de la soledad que se instaló en sus noches, de la melancolía de los días de vino y rosas, de las fiestas del pueblo o de la aldea cuando la mesa de los días grandes se poblaba de afectos.

Muchos han hecho el camino de vuelta y rememoran los días de lejanías en Francia o Alemania cuando la emigración era el destino.

Algunos ya no pueden recordar porque ya han olvidado lo vivido, otros aguardan una plaza libre en una residencia, muchos renuncian al asilo y se sienten seguros en su piso urbano o en su casa de toda la vida. Son ya un ejército, una multitud, la ciudad dispersa de los viejos que ocupa Galicia entera. En las aldeas semideshabitadas de Lugo o de Ourense ya no hay con quién hablar, con quién relacionarse; aprenden el lenguaje de la lluvia, el idioma silencioso de la memoria, el código de señales de la melancolía.

Pertenecen al colectivo creciente que el INE cifra en 270.000 hogares habitados por una sola persona en el censo de hogares gallegos, que supera ligeramente el millón, lo que supone que uno de cada cuatro es ocupado por un solo hombre, por una sola mujer

Galicia se va convirtiendo en una suerte de inmenso geriátrico, en donde los hombres y las mujeres aprenden a vivir solos. El colectivo de los mayores está formado por viudas y viudos que han aprendido a vivir sin el eco de los ruidos familiares, sin las cómplices dulces miradas de sus parejas. La vida ha sido un sobresalto, un último ejercicio de dolor y de duelo, un aprendizaje imprevisto.

La mayoría van a morir solos. Dice este diario que una magistrada de Vigo detectó en una semana quince muertes en solitario. Morir solo es esperar que la llamada telefónica insistente no se descuelgue nunca, es esperar que un vecino eche abajo la puerta de la casa al no responder quien la habita. Morir solo es la desesperanza de una vida que ya ha perdido el sentido de vivirla.

Hay noticias, ocultas en las páginas interiores de los diarios, que resultan estremecedoras, dramáticas; que pasan desapercibidas, pero son conmovedoras.

La soledad callada de Galicia refugiada entre cuatro paredes es sin duda un gigantesco naufragio, o más bien un fracaso colectivo.

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