«SS-Titanic»: sálvese quien pueda


En el Titanic no había botes para todos. La sabiduría popular bebe de la experiencia y, así, la gente del común se la aplica preventivamente. Si vas de crucero y oyes el rumor de que el buque se va a hundir, te agencias furtivamente un chaleco salvavidas y te pegas como una lapa a un bote, mejor ya en su interior. Pues bien, cambien el Titanic por nuestra Seguridad Social (SS) y comprenderán por qué mucha gente intenta adelantar su jubilación ante la perspectiva del hundimiento de nuestro peculiar SS-Titanic

Hace unos años, el Tribunal de Cuentas detectó que 33 universidades públicas estimulaban las prejubilaciones con ayudas de entre 200.000 y 300.000 euros por prejubilado. El caso más común era el de prejubilarse al cumplir los 60 años si se habían acreditado 30 de servicio. Otro truco del almendruco: de un peto del erario se sacaba dinero para enganchar aún más de otro peto. Ejemplos análogos pueden encontrarse buceando en disposiciones adicionales de múltiples leyes para colectivos singulares, y no precisamente de trabajadores destrozados por labores penosas, como nuestros sufridos hombres del mar o de la construcción.

Diga lo que diga Adam Smith, no es universalmente cierto que la búsqueda del propio beneficio redunde en provecho para toda la comunidad. Existe algo llamado «falacia de la composición», que acredita que lo que resulta bueno para todos por separado no tiene por qué serlo colectivamente, y a la postre tampoco individualmente, añado. Me explico. Si todo el mundo se prejubilase con premios de 250.000 euros a cargo del erario -¿quién no firmaría?-, en la situación de España, con una deuda pública que ronda el 100 % del PIB, no tardaría mucho en hundirse la reputación financiera del Estado -que somos todos-, y nadie nos prestaría dinero para, pongamos por caso, pagar la extra de esta próxima Navidad. Ah, ni después para taponar los crecientes agujeros del 2018, 2019…

Los listillos del SS-Titanic se han puesto el chaleco y se pegan preventivamente como lapas a los escasos botes. Creen que están más seguros. De hecho, esos profesores ya jubilados cobran sus extras íntegras, que no disfrutarían de haber estado en activo. Incluso corre la leyenda de que hay colectivos que ganan más retirados que cotizando, si suman ventajas como bonos de transporte urbano, ahorros en inexistentes desplazamientos laborales, descuentos en ciertos servicios públicos, pagas extras íntegras, medicamentos bonificados…

Pero es que, además, está la cuestión del riesgo. Minimizar riesgos es algo muy valioso. No pocos creen que cuando lleguen nuevos ajustes se respetará más a los jubilados que a los cotizantes. Sin embargo, el mejor seguro es que nuestra economía funcione como una de las más eficientes del mundo. Sin eficiencia es imposible la equidad social. Y, por cierto, cuando un gran buque se hunde, también succiona los botes que tiene alrededor. Al fin, si no hay rescate, los náufragos quedan al pairo.

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